Buenos días, tardes o noches dependiendo de la hora que lean esto, el articulo de hoy si es de verdad uno especial porque no lo escribí yo, el autor se llama German Uribe Castro quien es la pareja de mi mamá hace más de 12 años, también fue mi profeso de filosofía en algún momento de mi vida y por el cual le tengo tanto cariño a esta área de conocimiento, además es probablemente una de las personas más inteligentes que conozca.
Resulta que cuando yo comencé a escribir el blog, fue él unas de las primeras personas a las quien le compartí los artículos y a raíz de esto, él también se animo a escribir pero sin el animo de publicarlos en ninguna parte solo como ejercicio académico, algunos me los ha compartido como el que les quiero compartir a ustedes hoy, espero que lo interioricen apropósito de los tiempos difíciles que enfrentamos.
Estar confinado a los espacios del hogar me permite reflexionar que:
- Somos muy poco, pero ese poco que somos lo amamos mucho.
- En el dolor y la desgracia, en cada ser humano aflora lo mejor de sí pero también sus más bajos instintos.
- La estupidez es imposible de dejarse a un lado y muchos persisten en ser estúpidos hasta cuando ya no hay forma de echarse atrás.
- Nuestros errores pueden significar dolor y muerte.
- La naturaleza tiene muchas formas de cobrarnos las heridas que le causamos.
- En cada uno de nosotros puede haber más valores que admirar, que defectos por despreciar.
- Los momentos extremos de la existencia ponen a prueba nuestro sentido de humanidad y de solidaridad con aquellos que se sumen en la desgracia.
- Al final de cuentas, los más privilegiados terminan viendo amanecer mientras a los menos, que siempre son los más, los atrapa la noche de la epidemia.
- El instinto de supervivencia aviva el egoísmo y saca en cada uno lo mejor y lo peor que tiene.
- Las palabras que muchas veces dijimos pueden ser vanas cuando las circunstancias envuelven mi desgracia.
- Sólo el que verdaderamente ama, es capaz de entregar hasta su vida por lo amado.
- Cada muerto irá a su funeral únicamente con la compañía de otros muertos.
- Las lágrimas de los sobrevivientes se quedan en la casa y los pésames se reservan para después.
- El final de mi existencia sería muy triste saber que mi muerte se convirtió en dato estadístico.
- El miedo se ha hecho colectivo, a pesar de los idiotas que se consideran por encima de lo que no pueden comprender.
- Debo mirar mucho más a los que quiero porque en algún momento no estaré o ellos tampoco.
- Los curas tienen salmos y oraciones para cada momento, pero para ellos, ahora es mejor decirlas de lejos o cuando haya pasado la amenaza.
- Comenzamos a sentir verdaderamente el tiempo, porque transcurre muy lento en una experiencia que nos aleja del frenesí de la cotidianidad y la rutina.
- Todos luchamos por nuestras vidas, aunque pocos se resignarán a saber que es hora de morir.
- Si el estado de cuarentena se prolonga, seremos incapaces de diferenciar el sueño de la realidad.
- Siempre habrán de existir quienes se regocijen porque su muerte y su sepelio podrían ser parte de un colectivo.
- Mi verdadera desgracia está en que hoy puedo apartarme de los que amo sin comprender por qué.
- Existe una gran diferencia entre la peste y la violencia: la peste llega a mí sin que yo lo quiera; la violencia está siempre ahí y yo me hago cómplice con mi silencio.
- Estoy aprendiendo a amar la vida citadina porque, al parecer, ha entrado a formar parte de mi nostalgia.
- Estoy descubriendo que puedo hacerme más idiota o más consciente; todo depende si mi escape lo encuentro en la pantalla o en el abrazo de esas personas que ahora están conmigo.
- La naturaleza se regocija y está en paz. Por ahora, hay menos vías repletas de carros, menos basuras que la contaminen, menos ruidos que la aturdan y más manos guardadas para su asesinato.
- Lo bueno de esta peste es que es tan democrática que, aunque parece destinada a matar a los más viejos, no escatima si son príncipes, presidentes, políticos, tramoyistas, aventureros, curas, seres buenos o malos y, de vez en cuando, también asalta el nido que se ha tejido en oro.
- Yo creía que todos los días vivía y estaba satisfecho de aceptarlo; ahora descubro que, por el contrario, todos los días moría y, en este momento, no me puedo resignar.
- Los medios parecen destinados a acompañarnos a la tumba: tratan de llenar todos los espacios, de penetrar en todos los resquicios de mi ser. No me preguntan si deseo morir o si lo he aceptado, únicamente me dicen que tengo que evitarlo. ¡Qué manera de coartar mi libertad!
- Cuántos policías y soldados se encuentran en las calles tratando de imponer un orden: los que mandan los llaman héroes y muchos de ellos terminan creyéndolo. Al final, tal vez, habrá unas palabras en honor del anónimo caído y será objeto de una estadística que en muy poco tiempo ya nadie recordará.
- El verdadero héroe nace cuando su vocación y entrega se lo dictan. No importa si porta o no uniforme, si es reconocido o premiado, si lo hace por convicción o por ambición: sólo le nace.
- Esta es una época donde prolifera el sofisma, donde los políticos nos quieren hacer creer que sus acciones y palabras son por el bien común. Pero el capital tiene dueño y esa ralea es portadora de sus beneficios. Al final, no existirá deuda condonada ni saldo pendientes: sólo tasa de intereses postergada.
- El silencio que tantas veces quisimos, hoy nos aterra; la soledad que muchas veces buscamos, ahora nos ahoga; la vida que en ocasiones despreciamos, en este momento nos preocupa.
- La vida social tal como la conocemos, parece que agoniza o, a lo sumo, tiene que cambiar. A cada quien deberemos darle un valor diferente o ningún valor; a cada actividad social, un sentido distinto: los valores y el sentido de la vida, porque no son otra cosa que la vida misma, resurgida de ese espacio entre el miedo y la esperanza que ahora padecemos.
- Ahora es cuando aparecen los profetas apocalípticos, los milagros y la fe. Necesitamos un gancho en donde colgar nuestra esperanza y un tarro de basura para tirar nuestros miedos. ¡Aleluya! Cuando se muere no se pierde nada diferente a la vida, únicamente la existencia. ¿Y es que hay algo más?
- Para partir, hay que lavarse las manos y no tocarse los ojos, ni la nariz, tampoco la boca. Así nos iremos como los monos sabios; solamente nos falta no taparnos los oídos para que podamos escuchar el llanto de quienes verdaderamente nos amaron y las quejas de la vida que se escapa.
- ¿Será que, al momento de morir, mi preocupación estará ocupada en los que dejo, o que lo que me acompaña es la angustia de saber que lo que pierdo es lo único que tengo: mi existencia?
- Tuve un primo que, a poco de morir, me dijo: “No estoy ni optimista ni pesimista, solamente realista”. Era tan claro que el cáncer se lo llevó con las quejas que le causaba el dolor: no esperaba cielos ni castigos eternos, únicamente morir. Eso es saber vivir la propia muerte.
- Mi primo no quería ni velorios ni misas, tal vez porque no había nada que exorcizar: era un ser bueno y eso es lo humanamente natural. Pero, a pesar de su última voluntad, el cura en su homilía habló a la audiencia de las puertas de la casa de dios y los castigos del infierno. Por fortuna, mi primo ya no podía escuchar el discurso de un cura que no lo conocía.
- Francisco I impartió la bendición urbi et orbi que, dicen, es el bálsamo espiritual para los creyentes frente a la actual pandemia. Sería más cristiano que repartiera un poco de las utilidades que anualmente recibe la banca vaticana, “los banqueros de dios”, para satisfacer en parte las necesidades de sus fieles más pobres a quienes no matará el Covis 19, sino el hambre.
- Es el momento de creer, de tener fe: creo en que la vida siempre triunfa, que los humanos no llegamos aquí por el destino ni por designios divinos, que la sociedad ha sido posible como un hecho colectivo, que lo humano es siempre grande, aunque le afloren las pasiones. Tengo fe en mí, en mi vida compartida, en el amor que acompaña mis palabras y mis hechos, en que todo termina en el último momento y con el último suspiro.
- Recordaba un conocido que jugaba fútbol y era marica, en una época que ser marica era sinónimo de sida y falta de hombría. Era el más veloz, tenía que serlo para escapar a las patadas que los que se sentían varones le lanzaban para castigarlo por ser diferente. No sé si hoy esté vivo, pero sí sé que todos estamos corriendo y saltando a los posibles golpes que nos asesta un virus que sabe por instinto que nuestros alvéolos pulmonares son su mejor alojamiento.
- Mi suegro fue un hombre sabio, pero le dolía saber que iba a morir sin hacer todo lo que pudiera haber hecho; es decir, le dolía la brevedad de la vida y la inmediatez de la muerte. Por eso era sabio, porque sabía que el sentido de existir está en la vida, en lo que hagamos con ella, que morir es el final de la esperanza.
- También mi padre fue sabio. En su vejez, con un teodolito manual se dedicó a buscar oro; en realidad buscaba la piedra filosofal, un elíxir de rejuvenecimiento y vida. A fe que la encontró, porque cada excursión, cada guaca vacía o los tiestos de barro le daban para sentirse joven y optimista. Nunca tuvo nada más valioso que su risa suave y sus manos que hacían cuencos para colar metales que se escurrían con el agua, pero siempre le dejaban la sensación de haber vivido.
- Mi madre no se quedó atrás, por eso fue mi madre. Con su rostro severo y su voluntad de hierro, supo abrir conmigo el camino apartando los abrojos con sus manos que, al final, se cubrieron de arrugas que llegaron a su rostro y lo hicieron más hermoso. Cuando sus pasos se hicieron más lentos, supo alejarse en silencio dejándome una herencia de caricias y de besos que ahora añoro y lamento haber perdido.
- Mi mujer es una loca. Loca, porque ríe de mis chistes que son tan tontos que causan risa; loca, porque sus fronteras están más allá de todo límite; loca, porque sueña mientras trabaja, mientras me ama, cada vez que sonríe porque sospecha que también la amo; loca, porque para ella lo simple tiene más valor que lo complejo; loca, porque me comparte con la mañana que nace, con el día que avanza y con la noche que guarda en su oscuridad nuestros secretos; loca porque se deja amar dándolo todo sin exigir nada; loca porque me coge de las nalgas para explotar en su risa de loca; loca porque sabe que alguna vez habré de dejarla sin querer hacerlo, pero sabe comprenderlo.
- No esperes que te escriba otra letra, por ahora se me agotaron las palabras.