Buenos días hoy les vuelvo a contar una historia personal, una de esas imágenes que le quedan a uno guardadas en la memoria de por vida, está historia ocurrió cuando yo tenía alrededor de 7 o 8 años, solo parte de la historia es basada en hechos reales el resto es un adaptación de una canción de rap El propio de Gambeta y el poema de Borges ya somos el olvido que seremos famoso por el libro de Héctor Abad que lleva su mismo nombre.
Ya somos el olvido que seremos
Colombia era un poco más violenta de lo que es ahora han transcurrido más de 20 años desde este suceso por lo que el país se ha «pacificador» un poco por eso toca contarles algo del contexto, en esa época teníamos varios flancos de guerra, uno de ellos era entre los carteles de droga en el valle pero realmente el valle del cauca ha sido dominada por la violencia mucho antes de la llegada del narcotráfico, guerras políticas o económicos nunca fue un remanso de paz, aunque comenzando este milenio las cosas se habían recrudecido mucho, Tulua, Cali y Cartago eran la sede de los famosos carteles, este último lugar es donde ocurre la historia de hoy, transcurrían los primeros años del nuevo milenio, el valle estaba más caliente de lo normal y no estoy hablando de calor, habían muertos casi a diario en todos los pueblos sobretodo en Cartago donde el narcontrafico reinaba sin ley o Dios que los protegiera, ni la cercanía al santísimo de Buga salvaba al valle de la muerte.
Hechos espantosos ya habían ocurrido en el pueblo con el sol más alegre de Colombia, como aquella vez que un narcotraficante mando a arrastrar a uno de sus escoltas amarrado de una camioneta por todo el pueblo a plena luz del día, sin que nadie hiciera nada, pasándolo por enfrente de la estación de policía y la alcaldía todo por haberse enamorado de una mujer que creía suya o las decenas de cuerpos que eran arrojados desde Cartago al Cauca para ser hallados más abajo en la Virginia pero esto son historias para otro día. La historia de hoy ocurre en una tarde de enero del año 2002, un joven se encontraba cerca de la iglesia del Barrio San Jeronimo, una iglesia colonial al frente de un parque de esos típicos de los pueblos, a este joven le vamos a poner Juancho porque no podemos saber su nombre, Juancho andaba en malos pasos, tenía varias deudas en la calle que son de esas que no se pueden pagar con plata, llevaban tiempo diciéndole que lo mejor era que se escondiera mientras el panorama se calmaba pero el como buen joven no le tenía miedo a nada, pensaba que en la vida tocaba coger plata rápido por eso termino metido con la mafia.
Juancho ese día se encontraba con el combo del barrio, pensaba que con la bendición de la cucha estaba protegido de cualquier cosa pero a él lo venían persiguiendo con pasos de un animal grande, mucho más grande de lo que pensaba, todo estaba tranquilo, era una tarde normal, cuando de un momento a otro alcanzo a escuchar una moto que se acercaba, un sonido de DT que solo los bandidos saben reconocer, en ese barrio solo tenían esas motos ellos porque eran caras pero perfectas para hacer cualquier vuelta, por lo que sabía que esa moto era de un extraño, algo en la mente le dijo a Juancho “corra” y sin mediar palabra con los de su combo comenzó a correr sin rumbo alguno, él sabía que en esa moto la parca venía por él, arranco para abajo por el medio del parque para tratar de distraerlos, corrió con todas sus fuerzas, era una carrera contra la muerte, cuando salió en la parte de debajo de parque los pudo ver, dos gambas en una moto, andando sin afán con la seguridad de que lo iban a alcanzar, Juancho despavorido tomo para la zona comercial del barrio, con la esperanza de poderse refugiar en algún negocio.

El corría pero la moto se acercaba más, todo el barrio salió a ver la escena como quien mira un pelotón listo para fusilar a un condenado, Juancho comenzó a pedir ayuda, gritando “Me van a matar, me van a matar” desesperado trato de meterse en algún negocio pero al ser lunes por la tarde no había nada abierto, por lo que siguió corriendo, salió de la calle principal para subir a una zona residencial, la moto ya estaba a solo unos cuantos metros, los sicarios venía pacientes esperando la caída de su presa, Juancho comenzó a tocar casa por casa pidiendo auxilio pero nadie le abría, las únicas almas que encontró eran 2 niños y 1 niña que estaban jugando en la calle los cuales al escuchar los gritos de Juancho también corriendo despavoridos tratando de entrar a casa pero justo en ese momento la puerta no les abrió, Juancho paso por enfrente de los niños, luego pasaron los sicarios y fue ahí en ese momento que lo alcanzaron, varios tiros apagaron la vida de Juancho a pocos metros de los niños que fueron los únicos testigos de aquel crimen.
Los sicarios de la manera más calmada dieron la vuelta en la moto, pasando de nuevo por enfrente de los niños que seguían sin poder abrir la puerta de la casa, los miraron y con la punta del arma aun caliente les hicieron “SHHHHHHH” mostrando la pistola, ahí estaba yo viendo como mataban a alguien, viendo como fueron los últimos segundos de un alma que se apagaba, estaba yo con tan solo 8 años siendo testigo de un crimen que nunca más se me olvidaría, aun hoy 22 años después recuerdo con claridad la cara de ese muchacho, eran joven no rondaban más de los 20 años, Juancho es uno de los cientos de Miles de jóvenes que el narcotráfico se llevó.
Juancho ese día enfrente de nosotros como diría Borges en uno de sus poemas inéditos se volvió el olvido que seremos «la tumba las dos fechas del principio y el término» 22 años después no creo que mucha gente aún se acuerde de ese joven asesinado un enero del 2002 en el barrio San Jerónimo de Cartago.