Historia del cotidiano: 1978.

Buenos días, la historia de hoy fue escrita por la persona que la vivió, yo simplemente me límite a mejorarla, es una historia que hace parte de mi familia, íntima y bastante trágica:

Alfonsina fue una poeta argentina que acabo con su vida tirándose al mar, un alma diferente como la de nuestra historia de hoy.

1978

Día dos de junio del 78. En mi cuadra todos se reunían en la única casa que tenía televisión para ver el mundial de ese año, ese día jugaban la Argentina del Diego contra Hungría, y mi pueblo que es católico, apostólico, romano y conservador sabía paralizarse por el fútbol, aunque en mi casa había una voz de rebeldía frente a ese estamento arcaico de Colombia, donde la mujer debía ser callada y sumisa. Era alegre, siempre se le escuchaba riéndose o hablando duro, tenía muchos amigos y amigas, era lo que toda mujer joven quería llegar a ser excelente hija, hermana, amiga y enfermera. Era la protectora de los niños desamparados del pabellón de pediatría del único hospital del pueblo. Ella era mi hermana Mariela; tenía pelo negro, ojos grandes, pestañas largas… Era hermosa, era todo lo que yo quería ser de grande.

Día tres de junio del 78. Toda la tarde, ella escuchó una canción en una radiola vieja que había en la casa. Repitió una tras otra la misma sonata que decía:

Me pensarás
Y yo estaré muy lejos
Muy lejos de tus recuerdos
Con una pena en el alma

Día cuatro de junio del 78. Ella se despertó temprano, muy llena de energía para ir a la misa de las 7 am. Nos hizo correr a todos en la casa para alcanzar a entrar a la iglesia debido a que esta era una pequeña capilla de estilo colonia donde solo el que madrugaba encontraba un puesto adentro, cerca de Dios. Los demás debían esperar afuera, lejos de la bendición del padre. Como siempre, y a pesar de sus afanes, nosotros llegamos tarde. Nos paramos en la puerta de la iglesia a recibir la misa, pero fue poco lo que pudimos escuchar. Ella solo se preocupó porque el sol comenzó a salir radiante, pegando fuertemente contra la iglesia, y se iba a quemar la espalda. Decía unas palabras a las que yo no les encontraba sentido en ese momento: “una allá estirado debe arder mucho”.

Cuando terminó la misa, ella se quedó esperando a alguien para despedirse. Yo seguí para la casa porque me dijo que no se iba a demorar mucho. Al llegar, encontré el ritual de todos los domingos: hacer aseo general. La casa era muy grande, una cuadra entera que mi mamá había comprado con lo poco que se pudo traer del pueblo cuando huyeron de la violencia. Tenía patio, manga, fogón de leña y letrina. Ya para esa época éramos pocas las hijas que quedábamos en el hogar, nosotros fuimos una familia numerosa: un matriarcado en número, pero patriarcado en la práctica donde los hombres tenían el lugar principal a pesar de ser minorías. Éramos una familia de ocho hijas y dos hijos. En ese entonces, tres de las hijas mayores ya se había ido de la casa (casadas). Aquel ritual tenía ruidos muy reconocibles: el sonido de las llaves del agua abiertas o el ruido de la escoba de higuerilla que raspaba el suelo quitando la suciedad, pero además de eso también tenía un olor que aún recuerdo. Mientras que nosotros hacíamos aseo, doña Elisenia, mi mamá, comenzaba a fritar todo lo que ahora no podemos comer por el colesterol: chinchurria, chicharrón, arepas… Ese olor impregnaba cada habitación, y ese día, por cosas de la vida, estábamos todos: los 12 en aquel ritual, juntos, alrededor de ese fuego ancestral dominado por aquella matriarca, todos alrededor de ese fogón de leña.

Ese domingo, cuatro de junio, el país estaba paralizado por las votaciones. Se estaba escogiendo al presidente por los próximos cuatro años. En la calle, se veían manifestaciones de ambos bandos, Ese día, Mariela barrió y regó sus matas como parte del ritual vivido en la casa. Toda la mañana se la pasó esperando a que pasaran grupos de manifestantes. Cuando pasaban los conservadores, salía corriendo de la casa con un trapo rojo para reírse de estos. Cuando pasaban los liberales, hacía lo mismo con un trapo azul. Un acto bufonesco bastante peligroso para esa época donde en Colombia se mataba por un partido, pero para ese momento el miedo ya no estaba en su ser, ese día quedaría electo como presidente Julio Cesar Turbay.

Llegaron las doce del día, ella salió de la casa rumbo al hospital porque entraba a turno a la una. Al despedirse de doña Elisenia, le dijo “adiós”. Mi madre, despreocupada, le contestó “mija, Dios la bendiga”. Esa tarde transcurrió aburrida, como la calma antes de la tormenta. Lo único que recuerdo es que mi mamá y Marina, otra de mis hermanas, salieron para misa de 6 de la tarde. Solo las escuché cuando dijeron que después de misa iban para donde las hermanas de mi papá, las tías.

Alrededor de las 7 de la noche entró una llamada donde una vecina, Misia Fabiola, debido a que nosotros no teníamos teléfono. A duras penas habíamos conseguido una radiola comprada por mis hermanas mayores. Misia Fabiola mandó a buscar a alguien en mi casa para recibir la noticia, pero en ese momento solo estábamos mi hermanita menor y yo. Con una dulzura poco habitual en ella, nos dijo “mija, vaya busque a su mamá que llamaron del hospital, Mariela sufrió un accidente”. Salí corriendo para donde las tías con María Elena, mi amiguita de la cuadra. Al llegar, agitada, le conté a mi mamá. Aún tengo en la mente su sonrisa mientras charlaba diciendo de manera despreocupada “está en un segundo piso de un hospital. ¿Qué le podría pasar? Si acaso, se fracturó un pie o una mano”.

Después de esa respuesta, María Elena y yo nos devolvimos tranquilas, jugando a saltar entre los charcos que se formaban en esa época. Las calles estaban sin pavimentar, entonces cuando llovía mucho se formaban lagos y pequeñas islas. Nosotras saltábamos de isla en isla mientras que nos reíamos pensado en como Mariela se había caído, pero al llegar a la esquina de la casa, donde quedaba un famoso bar de la época llamado Macondo, pudimos ver una mancha negra que rodeaba toda la cuadra concentrándose en mi casa. Dicha mancha era una multitud de gente que estaba la puerta principal. Yo no entendía lo que pasaba, hasta que escuche la voz de la que creo que era una vecina que se dedicaba a lavar ropa diciéndome “¿usted no sabe lo qué paso?” y en realidad yo ni podía imaginarme qué era. Con mi mente aún procesando, ella siguió hablando: “Mariela se suicidió”. No logré asimilar la información, solo pude sentir como caía en un remolino oscuro que me iba absorbiendo en medio de ese tumulto, hasta que alcancé a pensar algo, en la niña, mi hermanita menor que estaba sola en la casa. Como pude, ingresé para encontrar a la niña tirada en la cama, acurrucada en posición fetal, llorando con el alma rota. No puedo recordar si la abracé, la protegí, o solo me refugié en mi propio dolor. Solo puedo ver a aquella niña de tan solo 12 años llorando.

En ese momento, parecía que me mi mente hubiera abandonado mi cuerpo en búsqueda de respuestas. Yo estaba flotando en la habitación viendo como mi hermana, la mayor de todas, llegaba esperando respuestas: “¿Qué pasó? ¿Por qué lo hizo? Si ella era tan feliz, si nosotros somos una familia tan buena” gritaba mi hermana en medio de su dolor mientras que mi mente estuvo en blanco por unas horas; o más bien en gris, porque horas después ya estaba en la sala de mi casa que tenía un ataúd en medio con Mariela adentro. Tanía, una perrita criolla que Mariela había rescatado, estaba debajo de su ataúd acostada. Quizás esperando a que Mariela se despertara, esperándola como hacía todos los días.

Por muchos años pensé que mi dolor era único. Solo después de un tiempo me pude enterar como mi madre había llegado al hospital preguntado por Mariela sin que nadie le diera respuesta. Todos la miraban, pero ninguno se atrevía a decirle. Ella recorrió los pasillos fríos y oscuros del hospital, caminaba y preguntaba, preguntaba y caminaba, pero solo encontraba silencio, un silencio que cada vez más iba rompiendo su calma. Solo encontró respuesta cuando al final de un pasillo oscuro encontró una camilla cubierta con una manta blanca. Ella corrió a correr esa manta, nadie se atrevió a decirle, hasta que allí vio a su hija, su niña, su rebelde. Intentó mil veces despertarla, desesperada, con el dolor que solo una madre puede conocer al romperse el ciclo normal de la vida donde son los hijos quienes ven partir a los padres, pero ella nunca despertó.

Un cuatro de junio de 1978, Mariela tomo la trágica decisión de encerrarse en un baño de suministro del hospital y aplicarse una dosis letal de morfina, acabando con su vida. Hoy hace 46 años mi vida se rompió en dos, pero ella aún vive en nosotros, en una familia que lleva su legado, porque cada mujer nacida después de ella llevó su toque de rebeldía y picardía; vive en cada sobrino que no conoció pero que, como ella, defiende lo justo. Ahora ya no somos 12, quedamos 7, pero seguimos amándonos como cada domingo lo hacíamos en aquel ritual. 

Feliz viaje hermanita.

Texto escrito por mi madre, aquella mujer que si logro ser cuando grande como su hermana.

Cómo siempre alcolirykoz tiene una canción para cada historia.

Revisión de estilo y ortografía-Manuela Manrique Lic. Lenguas modernas, universidad de caldas.

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