historias del cotidiano: 71 y 76

Buenos días, el día de hoy les traigo una historia corta  que refleja una realidad silenciosa en nuestro país, les recomiendo escuchar la canción antes de iniciar la lectura.

El sale todos los días de su casa ubicada en un sector subnormal de la zona rural, como lo llaman los burócratas que trabajan en la alcaldía para referirse a las invasiones. Ella lo espera en casa porque ya su salud no la deja acompañarlo. Se dedicaban a vender dulces con un carrito de balineras que armaron juntos. La vida para ambos nunca fue sencilla, venían del campo, desplazados por la violencia bipartidista que se comió por tantos años a nuestro país, llegando ya adolescentes a una ciudad que no les dio muchas oportunidades.

Ella vendía comida y café que preparaba su mamá, la cual cargaba en una bolsa gigante que se echaba todos los días al hombro para caminar el centro de la ciudad buscando el sustento diario. Él compraba las verduras que estaban a punto de dañarse en la galería o que el comerciante no había querido recibir ya que las daban casi regaladas, para con una carreta venderlas en los barrios ricos. Y casi como en una famosa canción de Fito Páez se vieron por casualidad:

Ya que la vida estaba destinada a juntarlos, ella había tenido un día largo donde las ventas fueron tan malas que no le quedó ni para el pasaje, por lo que tuvo que caminar a casa, cansada, sin comer y con ganas de llorar. Él la vio pasar mientras que trataba de vender los últimos tomates que le quedaban del día, cuando a los pocos metros ella se desmayó, cansada en el alma de tanto andar. Él se acercó y le preguntó si estaba bien, la ayudó y con los pocos pesos que tenía le compró algo de comer. Le prometió acompañarla hasta que estuviera bien, algo que hoy en día sigue cumpliendo.

Juntos tuvieron dos hijos. El mayor se los mataron producto de la guerra en Colombia. Del menor no saben hace años, se fue a buscar el sueño americano y solo llamaba en diciembre para prometerles que el siguiente año los visitaba. Ella aún conserva la esperanza de que algún día les cumpla. Él ya no habla del tema. Ellos siguieron vendiendo cosas en el centro, frutas, ropa, incluso flores. Entre los dos buscaban la forma de sobrevivir en esta sociedad que se come viva a las personas como ellos, los nadies, los casi muertos. Pero entre los dos juntaban algo, como dice la canción:

“Durante un mes vendieron rosas en ‘La Paz’

presiento que no importaba nada más

y entre los dos juntaban algo.”

Ahora él cuenta con 76 y ella con 71. Se fueron quedando solos, hermanos, hermanas, padres ya murieron. Solo tienen un sobrino que probablemente está peor que ellos, por lo que todos los días él debe salir a buscar el sustento para ambos, ya que a ella una enfermedad ya no la deja. Él aún se siente joven, útil, encuentra en el trabajo el sentido a su día a día, aunque ya también se encuentra enfermo. Pero ahí sigue, buscando como desde el primer día, ayudarla, porque le prometió que la iba a acompañar hasta que ella estuviera bien.

Historia basada en un vendedor ambulante de la ciudad de Pereira, que refleja la realidad de miles de adultos mayores en Colombia que llegan a esas edades sin poder aspirar a una pensión después de una vida trabajando y que si no cuentan con el apoyo de un núcleo familiar deben seguir trabajando hasta que sus energías se lo permitan.

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