Historias del cotidiano: llorona.

Buenos días la historia es basada en hechos reales, la escuche hace poco y desde el inicio me estremeció un poco, como siempre tenemos acompañamiento musical, esta vez desde tierras Mexicanas:

Llegué a Segovia huyendo de la violencia y buscando nuevas oportunidades. Mi vida nunca había sido fácil; parecía que Dios me ponía a prueba constantemente. Quedé huérfana de madre cuando mi padre la asesinó en un ataque de celos. Luego, tuve una vieja HP de madrastra cruel, como la de Cenicienta, que me robó hasta los regalos de mi fiesta de quince años. Por eso, apenas tuve la oportunidad, huí de casa. Sin embargo, a partir de ese momento comenzó otro sufrimiento: los hombres.

Mi relación con los hombres es bastante mala, producto de una bendición y una maldición al mismo tiempo: mi belleza. En mis años jóvenes fui una mujer bastante bonita, de esas que llamaban la atención en cualquier lugar. Sin embargo, en muchas ocasiones esa atención provenía de las personas equivocadas. Además, debido a las muchas cosas que había sufrido en mi vida, tenía una pésima capacidad para elegir hombres. Para empeorar las cosas, también estuve en la cárcel porque, producto de mi belleza, me dejé convencer por unas amigas de unirme a una ‘banda’ que robaba a hombres mayores.

Esto ocurría a mediados de los 80. Nuestro modo de operar era el siguiente: buscábamos hombres en discotecas de Pereira o Cartago, de esos que querían impresionar a todo el mundo con lo que llevaban puesto. Les llamábamos la atención para que nos invitaran a su mesa, tomábamos con ellos pero echáramos el trago de nuevo al vaso sin que se dieran cuenta. Cuando estaban muy borrachos, les proponíamos irnos a un lugar más privado, a su casa, finca o apartamento. Allí los dormíamos con una pasta en el trago, para después robar todo lo de valor. Un día nos equivocamos y robamos a la persona incorrecta, un narco nuevo que no conocíamos. Me mandó a buscar por cielo y tierra hasta que me encontró, me llevó para su finca y me violó con cada uno de sus hombres. No sé por qué no me mató, un milagro tal vez o una intervención divina gracias a que mis primas y mi tía rezaban tanto por mí. Esos hombres me llevaron con la policía corrupta de Cartago, donde pagué cerca de 3 años de cárcel pero para esa época yo ya no quería vivir más.

En el tiempo que estuve en la cárcel murió mi primer gran amor, el primer hombre que, fuera de mi hermano o mis primos, me trató bien. Ese que me cuidó los primeros meses detenida cuando no quise ni que mi familia supiera dónde estaba. Nunca supe de qué murió, pero con él se fueron las pocas ganas de vivir que me quedaban. Mi dieta consistía en cigarrillo y café. Cuando cumplí mi condena, mi hermano vino por mí para rescatar mi alma muerta. Después de todo esto, es que llegué a Segovia escapando de mi pasado.

Después de unos días de llegar al pueblo, lo conocí. Se llamaba Pedro, un minero de profesión, algo que había heredado de su padre. Mejor dicho, esa era la única herencia que les dejó en un pueblo donde las montañas eran ricas pero la gente era pobre. Él ya estaba casado y tenía hijos. Yo lo atendí como camarera en un bar del pueblo y, a diferencia de los demás, me trató con educación. Nunca me hizo una propuesta indecorosa ni un comentario inapropiado. Por eso, lo nuestro comenzó como una amistad que poco a poco se convirtió en un amor prohibido. Yo me resistía porque sabía que su familia siempre estaría primero y lo respetaba. Su esposa, evidentemente, me odiaba, ya que todo el pueblo hablaba de nosotros.

El pueblo, para esa época, estaba caliente. Éramos territorio de guerra entre la guerrilla y las AUC, y ambos bandos querían el negocio de la minería. Por lo tanto, tocaba ser muy precavido con quien se hablaba de negocios, algo a lo que Pedro no le ponía cuidado porque él sentía que podía ser amigo de todos. Entonces, a los meses de estar yo en Segovia, llegó la trágica noticia: la guerrilla había atacado un campamento minero en una de las veredas más escondidas en la montaña, el campamento de Pedro. La orden fue no dejar sobrevivientes. La guerrilla decía que en ese campamento le sacaban oro a los paramilitares para vender. Los mataron a todos para que el rumor se expandiera por el pueblo como un símbolo de autoridad. Cuando la noticia llegó a mí, salí corriendo a la estación de policía con la esperanza de que fuera falsa o de que Pedro estuviera vivo.

En la estación, exigí hablar con el comandante, pero este me dijo que la orden era no acercarse a la zona porque era muy peligrosa. Por eso, no iban a ir a buscar sobrevivientes ni a traer cadáveres. Desesperada, busqué a alguien que me llevara. En la plaza del pueblo, ninguno de los mototaxistas se atrevió, pero un campesino a caballo, al ver mi desesperación, me dijo que me llevaría hasta cierta parte, ya que su finca quedaba por ahí. Sin embargo, me advirtió que desde donde me dejara tendría que continuar sola. Para estas alturas de la vida, el miedo a la muerte era poco lo que me quedaba, así que acepté de inmediato.

Comenzamos a subir por la montaña, un camino tortuoso que se adentraba en un territorio hostil. La espesa niebla se aferraba a los árboles, creando una atmósfera opresiva. El campesino, con un gesto solemne, me señaló una vieja portada de madera y dijo: «Hasta aquí llego yo. Si necesita resguardo, puede venir. Vaya con mucho cuidado y que Dios la bendiga, porque por allá vive el diablo». Descendí del caballo y me adentré en la niebla, el corazón latiéndome con fuerza.

Después de lo que parecieron horas, vislumbré a lo lejos una tenue luz. Al acercarme, la escena que se presentó ante mis ojos superó con creces cualquier pesadilla. Cuerpos mutilados yacían esparcidos por el suelo, algunos aún con los ojos abiertos, clavados en la nada. La sangre coagulada mancillaba la tierra, creando un charco oscuro y viscoso. El olor a pólvora y a muerte era insoportable. Y allí, en medio de aquel caos, encontré a Pedro. Su cuerpo, frío y rígido, yacía sobre un charco de sangre. Entre sus manos, apretaba con fuerza una fotografía desgastada de sus hijas, como si quisiera protegerlas de la crueldad del mundo.

Dentro de mí todavía tenía esperanzas de encontrarlo vivo, pero en ese campamento no quedó ni un solo sobreviviente. Desesperada, procedí a bajar de nuevo al pueblo, que según mis cálculos quedaba a unas cuatro horas de caminata. Al llegar, ya entrada la noche, fui directamente al cuartel y le conté al comandante todo lo que había visto. Le insistí en que no podíamos dejar a esos pobres sin una tumba digna para que sus familias pudieran llorarlos. Después de una breve llamada a Medellín, el comandante me aseguró: ‘Mañana vienen a hacer el levantamiento de los cuerpos’. Esa noche regresé a mi casa, pero el sueño se negó a visitarme.

El CTI llegó a las primeras horas de la mañana con un pequeño comando del ejército que iba a escoltar a la comisión. Salieron de inmediato para la vereda, pero a las pocas horas de haber comenzado se escuchó la sirena de la única ambulancia del pueblo que salía con dos agentes heridos que iban en aquella comisión. Los habían emboscado, por lo que no se pudo realizar el levantamiento. Pero yo no iba a dejar a esas almas solas en la montaña, por lo que busqué al mismo campesino para que me llevara de nuevo hasta su finca. Me armé con una mochila, unas bolsas de basura, cinta, guantes de cocina, un tapabocas y partí de nuevo a la montaña, pero esta vez le pedí que me esperara con el caballo en el portón. Caminé de nuevo esas dos horas hasta que escuché un disparo al aire. Me había encontrado con la guerrilla.

Ya en el monte, con solo una mochila y sin miedo de morir, procedí a insultarlos por matar a unos hombres trabajadores. Les dije que me iba a llevar el cuerpo de Pedro, que si me querían detener me matara ahí, junto a ellos, que lo hicieran como los cobardes que eran. Por lo que uno de los guerrilleros procedió a apuntarme, pero el comandante lo detuvo diciéndoles: ‘Esta mujer tiene más huevos que ustedes, ayúdenle a subir ese muerto al hombro’. Por lo que saqué de la mochila mis guantes, como pude metí a Pedro en varias bolsas de basura, lo até con cinta y junto con la ayuda de un par de guerrilleros lo cargué en mis hombros, camine de nuevo unas dos horas de camino. No me pregunten cómo hice, yo soy una mujer de unos 55 kilos y Pedro era un hombre grande, quizás otro milagro o la bendición de un ser superior me dio fuerzas para tal proeza. Al llegar al portón de la finca, el campesino me esperaba junto a su caballo. No me preguntó qué llevaba en las bolsas, pero por su cara era evidente que sabía. Entre los dos subimos a Pedro en el caballo y bajamos a toda velocidad al pueblo.

Yo, todavía llena de ira y dolor, volví a levantar el cuerpo de Pedro. Lo cargué por todo el pueblo hasta la estación, entré sin pedir permiso hasta la oficina del comandante en donde lo tiré diciéndole: ‘Les quedan nueve más por levantar, aquí les dejo el primero’. Y a pesar de que la mujer de Pedro me odiaba, me fui para la casa de ellos para avisarle que había rescatado el cuerpo del monte. Le entregué la foto de sus hijas que encontré en las manos muertas de aquel hombre para que pudieran darle una cristiana sepultura, para que por lo menos tuviera una tumba sobre la cual llorar.

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