Buenos días, está semana trate de escribir algo diferente, una mezcla de historias entre la ficción y la realidad pero evocando un espíritu nostálgico que nos invade por estás fecha.
La casa, la casa es grande, la compraron con el esfuerzo de un pereirano que se fue de ilegal a los Estados Unidos con la promesa de comprarle una casita a su familia. Al principio fue de bahareque pero con los buenos tiempos en los Estados Unidos la fueron remodelando. Desde su concepción la construyeron grande porque era una familia numerosa, cinco cuartos, dos patios, de una cuadra entera. En los patios había huerta y animales, eso sí, solo un baño que comenzó como letrina.
La casa ha sido testigo mudo de innumerables momentos de la vida familiar. En sus muros se veló al abuelo Aníbal, cuando aún era costumbre que las familias prepararan a sus difuntos. Fue escenario de las visitas de los pretendientes, quienes, en la sala, cortejaban a las jóvenes de la casa. Sus habitaciones guardan el secreto de los primeros amores y besos robados, en una época donde un beso era casi un compromiso matrimonial. También fue testigo del dolor de las desilusiones amorosas, cuando los pretendientes no correspondían a las esperanzas de las jóvenes. La casa acompañó a las mujeres en su soledad, siendo su confidente en momentos de tristeza. Fue la compañera fiel de la matriarca, quien aguardaba cada año el regreso de su esposo desde Estados Unidos, solo para vivir la angustia de la viudez en vida.
Aunque en la casa siempre se escucharon más risas que llantos, fue el refugio de toda la familia extensa. Cada primo desobediente encontraba en ella un hogar temporal, pues donde comen diez, comen once. Sus largos pasillos fueron testigos de innumerables historias, pero diciembre era su época más mágica. A pesar de las limitaciones económicas, la casa siempre rebosaba de amor y alegría en Navidad. Con el paso de los años, las hijas se fueron, con el sueño de tener sus propias familias y su casa grande pero volvían cada diciembre, llenando nuevamente la casa de vida. Los niños jugaban en los patios, la música de los hispanos llenaba el ambiente y la matriarca en la cocina haciendo natilla y buñuelos, la casa era vida, era amor.
Los años han pasado, dejando una estela de recuerdos en la antigua casa. El esposo regresó de Estados Unidos para descansar en ella, y la matriarca la abandonó para siempre. Las hijas, una a una, siguieron su camino. Ahora, solo queda la mayor, esperando que la magia de la Navidad vuelva a llenar sus espacios vacíos. La casa, aunque silenciosa, aún conserva el eco de las risas, los sueños y el amor que la habitaron. Sin embargo, la casa, como todas las cosas, está destinada a cambiar, a evolucionar, y quizás, algún día, a ser olvidada.
Por eso este diciembre si lo pueden vuelvan, denle una nueva vida ya que diría Eduardo Galeano en su escrito más famoso “Sueñan las pulgas con comprarse un perro” y sueñan los colombianos con comprarse una casa, una casa grande con espacio para todos, desde los abuelos hasta los nietos cuando quieran volver a esa casa porque en un país como colombia nacer pobre es ser dueño de nada, es ser un número más en las estadísticas, es no tener acceso al sistema bancario por falta de historial crediticio y no tener historial crediticio porque en ninguna parte se les da crédito, por eso el sueño de gran parte de nuestra nación es tener un lugar propio al cual llamar hogar.
