Historias del cotidiano: Barcelona.

Buenos días, hoy no les traigo una historia de navidad pero les prometo escribir una, la de esta semana va a ser algo un poco más crudo, una historia de amor de las pocas que he escrito.

Hoy el acompañamiento musical va de parte de Carin Leon.

Se conocieron un verano en Barcelona, cuando el termómetro marcaba 38 grados centígrados. Un calor infernal que hacía casi imposible salir a la calle. Con esas temperaturas, caminar se convertía en una hazaña que pocos se atrevían a enfrentar. Sin embargo, allí estaba él, buscando una dirección a pleno sol del mediodía, vestido con ropa deportiva tras una intensa sesión de entrenamiento. Ante la urgencia del momento, decidió interrumpir su búsqueda y refugiararse en un restaurante para almorzar.

Al ser temporada alta, el lugar estaba abarrotado de turistas, a quienes los españoles llaman «guiris». Solo quedaba una mesa libre, así que se sentó sin pensarlo dos veces.
En aquel momento de su vida, él era un una cumulo de malas decisiones andante tratando de reparar su alma. Mientras tanto, ella deambulaba por la ciudad en busca de un lugar para comer, pero Barcelona estaba colapsada. Todos los restaurantes estaban llenos. Hasta que lo vio a él sentado en una mesa de un local que, a primera vista, parecía estar completo.

Él quedó tan impresionado por su belleza que tardó unos segundos en reaccionar cuando ella le preguntó:

—¿Hola? ¿Disculpa, Te demoras mucho en terminar?»

Y no es que a él le fuera mal con las mujeres, sino que ella tenía un brillo especial que lo deslumbró por completo. Reaccionó entonces para decirle con mucha pena:

—Aún no he pedido, pero si quieres compartimos la mesa. Yo no molesto mucho.

A ella le causó gracia y aceptó su compañía. Por esos días, su alma estaba hecha pedazos, algo que él desconocía en ese momento. Ambos se hicieron compañía en medio del caos de la Barcelona turística. No fue una comida romántica ni mucho menos hablaron de las frivolidades de la vida: el trabajo, la familia, los turistas que se multiplicaban como hormigas. Sin embargo, él debía continuar con su búsqueda y, antes de irse, le pidió su número de teléfono. Lo tomó como una señal de suerte en su racha de malas decisiones, aunque pensaba que no tenía ninguna oportunidad con una mujer tan impresionante.

Cuando él se fue, ella se quedó sola reflexionando sobre ese encuentro tan extraño. Algo en él había captado su atención, pero su corazón y su alma estaban tan heridos que no creía tener espacio para una nueva relación. Días después, revisó sus redes sociales y encontró una solicitud de amistad con un simple mensaje relacionado a una historia que había publicado. En la foto, ni siquiera se veía ella, solo un plato de papas fritas. Él había escrito:

—Mejores papas de la ciudad.

Desde ese mensaje, comenzaron a seguirse en redes y a intercambiar mensajes sobre cualquier frivolidad. Él, sin embargo, sentía un nudo en el estómago cada vez que pensaba en decirle un cumplido. Ella, por su parte, parecía mantener las distancias, como si temiera acercarse demasiado. Era un delicado baile de aproximación, en el que ambos jugadores temían mover una ficha por miedo a perder. Él, acostumbrado a relaciones fallidas donde la evasión era su refugio, se encontraba nuevamente en una situación similar. Ella, por el contrario, venía de una relación estable que la había dejado marcada. A pesar de sus heridas, ambos se sentían atraídos el uno hacia el otro, como si hubieran encontrado en el otro un espejo de sus propias dudas y anhelos, un espejo roto.

Las conversaciones se volvieron más profundas, y ambos comenzaron a revelar sus almas más vulnerables. Hasta que un día, con la valentía que solo da el anonimato de la pantalla, él se animó a confesar:

—El día que te vi, pensé que eras una de las mujeres más bellas que había conocido.

Él había sacrificado un peón dentro de su juego de ajedrez con esa frase y ella no le creyó del todo. ‘Se lo debe decir a todas’, pensó, pero aun así, su sonrisa había iluminado su día. Así siguieron, coqueteando sin querer coquetear, frecuentando los mismos lugares sin quererse encontrar, contándose sus días, pero sin atreverse a dar el siguiente paso. El miedo a perder la partida los mantenía a raya.

Un día, después de una jornada especialmente difícil, ella aceptó su invitación. Él iba nervioso como adolescente en su primera cita. Ella iba con miedo de que él le comenzara a gustar. Normalmente él era un ser parco, frío, poco expresivo, pero ella lograba derretirlo con una sola mirada. Ella tenía unos ojos entre verdes y  amarillos con unos toques azulados, unos ojos que lograban llegar al fondo del alma de aquel que era un ser tan sobrio. Esa noche no sucedió nada extraordinario, pero él tuvo la certeza de que estaba perdido. Moría por ella. Los siguientes encuentros fueron una mezcla de euforia y terror. Él temía mover una pieza equivocada y arruinar todo. Pero quizás el destino tenía otros planes. Un día, bajo la luz tenue de la farola del interior de un carro, sus labios se encontraron. Y en ese beso, supieron que habían encontrado algo especial.

Ella no se encontraba bien, luchaba con sus propios demonios mientras él trataba de acompañarla. Él tampoco estaba en el mejor momento de su vida, pero guardaba todo en silencio para escucharla a ella. Pasaron un tiempo saliendo, haciéndose compañía en un momento sombrío de sus vidas, como si estuvieran remando en un bote en medio del Estigio, aquel río de la mitología griega donde las almas se dirigen al Hades. Ambos eran almas muertas en las que cada uno era la Caronte o el barquero que trataba de iluminar el camino del otro para salir de aquel infierno propio.

El tiempo fue pasando y la relación se fue formalizando. Se fueron queriendo cada día más, pero él sabía que ella no seguía bien. Aprendió a percibir cuando ella estaba bien y cuando el infierno estaba más presente. Por eso, en los días más lúgubres, buscaba la manera de enamorarla más, con la esperanza de que su alma, poco a poco y con mucho amor, fuera sanando. Así pasaron un par de años, donde él estuvo en cada tormenta de la vida de ella, en proa de ese bote que se enfrentaba contra las olas. En varias ocasiones, ella trató de irse, pero él se quedó esperando para luchar por los dos, hasta que un día, después de más de dos años, en una última conversación, ella le pidió que la dejara navegar sola porque su alma seguía igual de rota que aquel primer día en que se conocieron. Ella necesitaba recolectar cada fragmento que había perdido, y él entendió que no debía luchar más.

Con ella se fue una versión de él que no volverá: la de un hombre dispuesto a dejarlo todo. Una parte de su alma cambió después de aquel amor, se marchitó en un intercambio equivalente donde el sacrificio lo pagaron ambos.

Él la sigue queriendo a la distancia y aún se pone nervioso como desde el primer día con solo saber que ella está cerca.

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