Historias de cotidiano: Un pesebre llamado Medellín.

Buenos días, está historia nace de una visita a la famosa comuna 13 en Medellín, es bastante cruda por lo cual hago la advertencia desde un principio, ver el otro lado del turismo y la historia que hay detrás de las ciudades idealizadas para los turistas extranjeros siempre va a ser interesante.

La historia de hoy va a tener una playlist para el soundtrack, les recomiendo escucharlas todas.

Medallo es un pesebre, dice una famosa canción de rap que suena cada que un turista sube a la comuna a ver el cambio de Medellín, pero justo al lado de los grupos de baile, los grafitis y las trampas para ingenuos estoy yo, sepultado por toneladas de basura hace 22 años. He visto cambiar la ciudad desde la montaña donde estoy, junto con cientos de almas que el conflicto ha devorado, como el monstruo de las pesadillas que lleva atormentando tantos años a Colombia. Algunas de ellas han ido muriendo de nuevo porque las han olvidado, ya que nosotros oficialmente no contamos como muertos, sino como desaparecidos.

Lo peor de ser un desaparecido es estar en este limbo donde la familia aún conserva la esperanza de que uno, en cualquier momento, llegue tocando la puerta como el hijo pródigo que siempre vuelve a casa. La familia sufre porque uno se vuelve un fantasma que la gente lo comienza a ver en cada pueblo lejano. De mí han dicho mucho: que estoy en Sonsón, Amagá, Bogotá, Venezuela, pero mi cucha siempre ha sabido la verdad, y es que estoy acá arriba, en la comuna, solo a unos cuantos kilómetros de la casa. Ella lleva 23 años luchando para encontrarme, mera guerrera la cucha, con tanto amor me sigue buscando, por eso yo aún no he muerto en espíritu, pero acá hay otros parceros que se me fueron hace mucho rato, como el Brayan, que se me fue hace unos 10 años cuando la familia se dio por vencida, y por él estoy yo aquí.

Brayan y yo crecimos juntos, dos chingas en la selva de cemento, en un mundo lleno de malos dispuestos a corrompernos. A nosotros nos tocó la época más dura de Medellín. Crecimos escuchando las bombas de Escobar, los malucos del barrio en las DTs, la llegada de la guerrilla a la parte alta del barrio donde vivíamos, luego los paracos del Cacique Nutibara entrando por San Félix, viendo cómo los parceros del barrio se iban yendo, cada uno para un bando, porque la comuna estaba en guerra y nosotros éramos parte del botín. A mí sí nunca me gustaron los problemas, ni las armas, mientras que Brayan sí vivía enamorado de la vida de bandido. Su mayor ambición era comprarse una DT y montar a la más chimba del barrio, pero por el contrario, yo sí escogí fue estudiar. Terminé once, a mucho honor, en la Institución Educativa Eduardo Santos. Para esa época, eso era un logro en el barrio, y lo irónico de la vida: el colegio solo queda a unas cuantas cuadras de donde terminaría mi vida unos años después.

Mi cucha, con mucho esfuerzo, me logró inscribir al examen de la Universidad de Antioquia y pude pasar a la Facultad de Derecho. Yo quería ser un gran abogado como los que han salido de esa facultad, el magistrado Carlos Gaviria Díaz o el nuevo presidente Álvaro Uribe Vélez, para salir del barrio y comprarle una casa a la cucha. Pero el destino tenía preparado otra cosa para mí. Entré a clases en primer semestre del 2000, me la rebuscaba en la U vendiendo sándwiches que preparaba mi cucha, trataba de salir temprano del barrio y llegar antes de que anocheciera, porque ya de noche eso era el salvaje oeste, donde se disparaban de loma en loma. Por eso, lo mejor era guardarse rápido. Brayan ya había escogido un bando y, junto con los pelaos de la cuadra, se volvieron una banda más de las que apoyaban a la guerrilla. Ellos no tenían ni idea de ideologías, no sabían qué era izquierda o derecha, mucho menos qué era el marxismo, solo sabían que los guerrilleros les daban armas, plata y les cuidaban el barrio.

Medellín se iba calentando como una olla a presión. La comuna era muy importante porque, al estar en plena montaña, era la forma más fácil de entrar o sacar armas y droga. La guerrilla controlaba los barrios de arriba de la comuna, incluyendo donde yo vivía, por eso todos los combos de por acá los seguían, mientras que los paracos controlaban los barrios de abajo. Para ese momento, yo ya estaba en cuarto semestre y la filosofía que uno ve en los primeros semestres de Derecho había cambiado por completo mi forma de ver el mundo. Seguía siendo del barrio, pero quería hacer algo positivo en medio de tanta bala. Entonces, logré algunos tratos con los combos de la guerrilla, ayudado también por la presencia de Brayan. Algunos de ellos eran que no les cobraran vacuna a las busetas que subían hasta el barrio, ni tampoco a los tenderos. Los convencí de no reclutar niños menores de 15 años y que los dejaran terminar el colegio. Gracias a eso, en el barrio me comenzaron a buscar cada vez que querían solucionar un problema por las buenas.

Para inicios de octubre corrían rumores de guerra en la comuna. Algo grande iba a pasar, pero nadie sabía cuándo. Los muchachos de los combos trasnochaban como soldados en los techos de las casas cuidando el territorio. Por mi parte, yo seguía yendo a la U, ya estaba en segundos parciales y había logrado ser monitor. Andaba también ahorrando la platica de las monitorías para llevar a la cucha a conocer el mar, pero la vida me cambiaría aquel 16 de octubre de 2002. Cuando salí para la U, me di cuenta de que no subían buses y las voces en el barrio decían que el ejército había cerrado la comuna abajo, en San Javier. Por lo que me tocó irme a pie, pero cuando escuché las primeras detonaciones de fusil, corrí desesperado como alma que lleva al diablo loma arriba, queriendo buscar refugio en el barrio.

Las horas pasaron, el barrio se encerró, nadie salía de casa, solo se escuchaban las ráfagas de fusil, el helicóptero sobrevolando y alguna que otra explosión de granadas. Estábamos como en una película de Rambo, pero no era Vietnam, era Medellín. Los disparos se escuchaban cada vez más cerca del barrio, mientras que las ráfagas de la guerrilla se iban alejando hacia la montaña. Yo, como buen chismoso, trataba de mirar desde la ventana, mientras mi cucha me regañaba por estar parado allí, cuando en ese momento fue que vi el primer monstruo de esta historia, un tipo encapuchado, rodeado de soldados, señalando puerta por puerta a dónde entrar, sin ningún tipo de distintivo militar, pero sí de camuflado. Pasó por mi casa y la miró, le dijo algo a uno de los militares, pero siguieron. Ya entrada la tarde-noche, vi que comenzaron a bajar con “detenidos”, entre ellos Arles, el hermanito menor de Brayan, de apenas 13 años, y frente a ese acto yo no me pude quedar indiferente.

Salí de mi casa gritando como aquel pichón de abogado que era, diciendo “Arles es menor de edad, apenas tiene 13 años, no se lo pueden llevar”. En ese momento no le tuve miedo a las armas, solo sabía que Arles era un niño que aún soñaba con ser futbolista profesional. Con mi ruido, doña Consuelo, la líder del barrio, también salió con una sábana blanca, y así mismo comenzaron a salir todos los vecinos, hasta que hubo tanta gente que no les quedó de otra que soltar a Arles. El Derecho había hecho de mí un hombre idealista que creía en la justicia. Para el 17 de noviembre, la guerra ya había pasado por mi barrio y estaba mucho más arriba. No sabía de Brayan ni de los demás muchachos del barrio, pero yo tenía parcial, por lo que salí en el primer bus que bajó, no sin antes pedirle la bendición a la cucha para que me fuera bien. Pero justo cuando ya íbamos a salir de la comuna, el ejército paró el bus para una “requisa” y volvió el monstruo a aparecer. Aquel hombre encapuchado me señaló diciendo “guerrillero”, por lo que me llevaron “detenido”.

En mi mente todo iba a salir bien, solo pensaba que me llevarían para el comando a verificar antecedentes. Entonces, me subieron a un camión con los demás, pero aquel camión, en vez de comenzar a bajar la montaña para ir al centro, empezó a subir hacia la comuna, y en ese momento nos taparon la cabeza con unos sacos de tela. Subimos unos 20 minutos. Para cuando nos bajaron, yo ya sabía dónde estaba, lo reconocí por el olor, ya que era de esos olores que nunca se olvidan. Lo conocía desde niño porque nos gustaba subir a jugar hasta acá a ver qué encontrábamos en medio de las pilas de basura. Como niño, no sabía que ese olor era a muerte. Estábamos en la escombrera.

Yo fui el primero en pasar a una caseta improvisada que usaban como oficina. En ese lugar fui sometido a las más crueles torturas. Me clavaron astillas en las uñas, me asfixiaron en un tanque de agua hasta casi ahogarme, me quitaron dientes con alicates, me pegaron, me quemaron diciéndome que confesara todo lo que sabía sobre la guerrilla, pero yo solo respondía “yo soy un estudiante, no sé nada”, hasta que ya en la noche me tiraron a otra bodega con más personas y, en ese lugar, me encontré a Brayan, quien entre lágrimas me dijo “Gracias por salvar a mi hermanito”. Pasamos la noche allí, pero nadie pudo cerrar un ojo por el dolor y los gritos de las torturas. Apenas amaneció, nos sacaron para fusilarnos y yo estaba ahí, como el coronel Aureliano Buendía frente al pelotón de fusilamiento, pero no estaba pensando en la vez que conocí el hielo con los gitanos, sino en que no le pude cumplir la promesa a la cucha de llevarla a conocer el mar. En aquel lugar morí y fui sepultado por toneladas de basura.

Con el pasar de los años, trajeron más gente acá, pero cada alma que llegaba me decía de doña Gloria, mi cucha, que seguía luchando para un día poderme enterrar y llorar sobre mi tumba, para poder dejar de estar pensando que algún día iba a volver a entrar a darle un abrazo y decirle “Cucha, la bendición”. Yo solo quiero que ella también pueda descansar de luchar por tantas almas que estamos acá, aunque ahora hay esperanza porque hace unos días encontraron a los primeros de nosotros. Nadie merece un desaparecido, nadie merece estar aquí. La escombrera es la cárcel para cientos de vidas que merecen ser encontradas. Por mi parte, no me arrepiento, yo solo espero que Arles se haya podido salvar de este monstruo tan grande llamado guerra.

La hermana de los vocalista de los fabulosos Cadillacs fue desaparecida en medio de la dictadura argentina.
Foto real de la escombrera en el estado actual después de que la JEP removiera millones de metros cúbicos de basura en búsqueda de los cuerpos.

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