Buenos días, los tenía abandonado pero les prometo que volveré con más historias, no van a ser felices pero si habrán más, hoy una historia de amor, engaño y redes sociales.
Capítulo uno
Creando una identidad
En Colombia existe un dicho: “la curiosidad mató al gato”. Y para esta historia, el gato soy yo, aunque, para ser más específicos, sería un pez gato o «catfish» en inglés, un término del cual probablemente solo los millennials nos acordamos, que se hizo famoso gracias a un programa de MTV, mucho antes de las plataformas de streaming y TikTok. Pero bueno, me presento: mi nombre es Juan (bueno, no lo es, pero así es como me vamos a llamar, más adelante van a entender el porqué). Soy un hombre de 30 años, un poco más alto que el promedio en Colombia, apuesto, pero tampoco muy apuesto, de esos que destacan del montón, pero solo cuando los ves por segunda vez; no soy llamativo a primera vista. Algo inteligente, o al menos eso me han halagado toda la vida, es la virtud que la gente más suele decir de mí, aunque después de esta historia dudo de mi inteligencia, pero nos toca retroceder unos 5 meses en mi vida para podérselas contar.
Hace unos 5 meses estaba pasando por un momento raro en mi vida, llevaba soltero un tiempo, pero estaba cansado de conocer o recaer en el mismo tipo de mujeres con las que toda la vida he salido, y realmente soy un hombre al que le ha ido bien con las mujeres, no me puedo quejar de mi vida amorosa, pero quería cambiar. El problema era que no sabía dónde más conocer mujeres, en mis redes sociales solo me encontraba con lo mismo de siempre, pero después de una conversación con una de mis mejores amigas saldría la “solución”, la cual era registrarme en una app de citas, algo que me había causado mucha curiosidad desde hacía mucho rato, sobre todo después de que alguien usara las fotos de mi Instagram para crearse un perfil falso, un «catfish».
Mi curiosidad era bastante científica, quería analizar qué tipo de personas me iba a encontrar, cómo era hablar con una mujer extraña con la cual nunca había tenido alguna interacción, además, también quería saber cómo me iría en una app de esas, pensando en cuántas mujeres habían caído en el «catfish» que usó mis fotos en el pasado, pero por temas de ego nunca lo había hecho, algo que le expliqué a mi amiga, para lo cual a ella se le ocurrió una “gran solución” diciéndome:
“Pues regístrate con otro nombre, usa el que le colocaron a la cuenta falsa que te hicieron hace unos años”.
Por eso pasé a llamarme Juan, creando una cuenta de Tinder. Pero, teniendo un nombre nuevo, también pensé en tener una vida nueva, para lo cual me cambié de profesión y me quité algunos años, ya que desde que abrí la app pensé en que simplemente quería chismosear, calmar mi curiosidad, pero que nunca iba a pasar más allá de una conversación y, si llegaban a descubrirme, simplemente diría que era alguien más haciéndose pasar por mí, total, ya había pasado una vez. Los primeros días en la aplicación fueron bastante aburridos, no encontraba nada que me llamara la atención, por lo cual no lograba ningún «match» y, cuando algún «match» se daba, me aburría rápidamente, eran conversaciones muy superfluas, las típicas preguntas “¿cómo estás?”, “¿qué haces?”, “¿a qué te dedicas?” y, a pesar de que mi trabajo es conversar con personas, con ellas no fluía, hasta que llegó una especial, a la cual le vamos a llamar Daniela.
Daniela tenía algo que me llamó la atención desde que le di «like», además de una belleza exagerada, pero era algo diferente a su belleza, era como la energía que lograba transmitir con una sola foto, una sensación extraña. A los minutos de darle «like», fue correspondido, había «match», pero me demoré para hablarle, también estaba prevenido a caer en algo que no iba a ser capaz de controlar. Le hablé al siguiente día, un 7 de diciembre, una conversación que comenzó con un «hola, mucho gusto» y la cual duró hasta las 10 de la noche, que no me volvió a contestar.
Pasaron unos días sin saber nada de Daniela, pero yo no le iba a volver a escribir, tenía 3 reglas en mi “experimento”: no insistir, no dar mi celular y no verme con nadie, por lo que creí que Daniela simplemente iba a pasar, hasta que me volvió a escribir un viernes en el que yo no tenía nada que hacer y el primer tema de conversación fue comida, ya que tenía mucha hambre, entonces estaba pensando a dónde ir a comer, por lo cual le pregunté a ella “¿qué restaurante me recomiendas?”, a lo que ella respondió “no sé, pero te recomiendo comida italiana”, la cual es una de mis culturas culinarias preferidas. Ya entrados en el juego, le dije “vamos a comer”, esperando un no por adelantado, era la segunda vez que hablábamos y la conversación no había pasado a un nivel de confianza como para salir, pero ese no que yo esparaba se volvió un “vamos”. Ya estaba ante una situación que yo en ningún momento esperé que pasara, comencé a pensar en alguna excusa para cancelar la cita, pero mi mente se bloqueó, a lo que terminé diciendome : “salgo hoy y no más”.
Procedí a organizarme para ir a recogerla, no sin antes mandarle la ubicación en tiempo real a mi cómplice en esta historia, porque, a pesar de que yo era un «catfish» (un perfil falso), me daba más susto encontrarme a alguien que me pudiera robar o que la persona con la que estuviera hablando fuera un perfil de esos manejados desde la cárcel para extorsionar. Con susto, salí a romper la regla más importante que me había puesto desde el principio: “no verme con nadie”. Cuando llegué a mi destino, me encontré con dos sorpresas: la primera es que era la misma persona que se veía en las fotos, la segunda es que era mucho más linda en persona. La cita comenzó de manera incómoda, lo normal cuando dos personas se conocen, aunque la conversación fue fluyendo, tratando siempre de apegarme a la historia que había creado y sin mencionar mucho mi nuevo nombre para no confundirme. Trataba de dar los datos básicos, pero en ella me encontré a una mujer muy real, algo raro en una sociedad de tantos filtros y barreras.
Aquella noche fue una cita corta, pero más que su belleza me atrajo su mente, su complejidad, la cantidad de capas que tenía recubriendo su alma. También, desde el principio, me mostró sus heridas, sus matices, como una forma de ella para protegerse y tratar de que yo huyera desde ese primer momento, algo que también pensé. Éramos dos extraños tratando de repelerse, aunque generando todo lo contrario. Esa noche llegué a mi casa después de la cita pensando en una forma de salir de ese embrollo que yo solo había buscado, pensando que hubiera sido mejor contarle quién era yo desde un principio y esperando que ella no me hablara más, cancelando el «match», pero al día siguiente seguimos hablando. Mi solución fue colocarle un tiempo límite a mi historia, ya que “yo estaba de paso por la ciudad por temas de estudio”, entonces solo iba a hablar con ella hasta que ese tiempo se cumpliera.
Aunque mi plan tenía un problema, el cual era que las conversaciones se comenzaban a volver más profundas, más partes de ese rompecabezas que somos los seres humanos íbamos mostrando. Ella era una mujer bonita, pero bonita desde el alma, y yo solo quería descubrir más de ella, ignorando cada una de mis reglas. Una cita se volvió en más, pero una parte de mi ser lógico todavía dominaba mis comportamientos, por lo cual era una persona muy poco expresiva con ella, algo que la confundía al no saber si yo le estaba coqueteando o simplemente era un amigo, hasta que llegó la cita final, aquella donde yo no fui capaz de controlar ese gusto que había adquirido al verla y escucharla hablar, rompiendo cualquier tipo de lógica en mí, esa cita donde ya hubo besos que terminaron en mucha pasión. Ya todo se había salido de las manos y ya no encontraba una manera de salir de esta novela, aunque ella, siendo una mujer muy inteligente, descubriría todo, encontrando la trama dentro del misterio.

Capítulo dos
Crónicas de un final anunciado
Ya con el problema “solucionado” de qué hacer con Juan Pablo, comencé a pensar en cómo seguir, porque solo podía pensar en cómo se estaba sintiendo Daniela. Por lo menos debía tratar de contactarla para darle alguna explicación, aunque sabía que no existía ninguna justificación a lo que estaba haciendo. Yo, más que nadie, sabía lo mal que era todo lo que había hecho. Ella era una mujer con un alma muy bonita que había sido muy lastimada, un alma rota que se estaba reconstruyendo a pedazos, y yo la había vuelto a fragmentar. Daniela, a pesar de lo que habíamos vivido, dentro de todo lo que me contó, no me dio más posibilidades de cómo buscarla que no fuera su WhatsApp. Yo conocía el nombre completo de Daniela, porque ella tenía un segundo nombre que no usaba mucho, además le gustaba más que la llamaran por su apellido materno y no el paterno, por lo cual me dediqué a hacer una búsqueda detectivesca hasta que, de una u otra forma, pude encontrar su Facebook, del cual aún no estaba bloqueado. Procedí a enviarle una solicitud de amistad para poder enviar, a su vez, una solicitud de mensaje. En un largo mensaje traté, de alguna manera, de explicarle algo bastante difícil, resumiendo todo lo que les escribí al principio en unos cuantos párrafos, en donde otra vez no esperaba respuesta, solo quería darle una explicación a todas esas preguntas que ella debía tener.
Daniela contestó mi mensaje a la mañana siguiente, al contrario de lo que yo pensaba, insultándome, algo que tenía muy merecido. Yo le di mis datos reales, número de cédula, nombre completo, dónde trabajaba, quién era mi familia, solo me faltó mandarle el tipo de sangre para que ella creyera mi explicación, a lo cual le dije “pregúntame lo que quieras que te lo responderé”. Daniela me dijo que cuanta cosa fea merecía, pero que sí le hubiera gustado escuchar mi explicación en vivo, ver quién era yo y no Juan Pablo, por lo que le propuse vernos, sin creer que ella aceptaría, pero lo hizo, me citó en un café a las 11 a. m. El sitio era un lugar muy concurrido, ella lo quiso así por el miedo de que yo fuera un asesino serial o algo por el estilo.
Esa mañana llegué muy puntual a la cita, Daniela ya estaba ahí. Yo llegué con una sonrisa nerviosa, sintiéndome mal, preocupado por ella, además esperando a que me dieran una cachetada. Me senté, otra vez le expliqué quién era yo, qué partes de lo que le conté de la vida de Juan Pablo eran de mi vida, respondí todas sus preguntas, le conté muchas cosas que pocas personas saben de mí. Ella “aceptó mi explicación”, por lo que le dije “deja que por lo menos te lleve a tu casa como última cosa que hago”. Entonces salimos en el carro rumbo a su casa, en lo que hicimos ese recorrido, el cual fue bastante corto, la química entre nosotros salió a flote, porque, a pesar de todo, yo aún la quería abrazar, tomar de la mano mientras que manejaba, pero sabía que no podía. Cuando llegamos a la casa de Daniela le dije “me hubiera gustado conocerte como yo, que nos hubiéramos encontrado en otras circunstancias, saber hasta dónde hubiéramos llegado” y le pedí disculpas cuantas veces pude. Daniela ya se iba a ir, pero antes de todo nos dimos un beso.
Ese beso no nos dejó despedirnos, nos condenó a conocernos de verdad. Después de todo lo que había pasado, Daniela y yo comenzamos a salir de verdad, pero lastimosamente el daño era muy profundo. Ella trató de irse varias veces, la primera fue el día de mi cumpleaños con un mensaje largo, algo que en un principio acepté con dolor, sobre todo porque ese día íbamos a salir, pero ese mismo día volvimos. Ella es una mujer compleja, pero que vale la pena querer. Actualmente ya no hablamos, por eso regalo esta historia, no hubo un final abrupto, solo de a poco todo se fue apagando, la herida era muy profunda para tratar de sanarla juntos, uno no puede reconstruirse al lado de quien lo destruyó.
Hoy sigo pensando que Daniela es gran parte de lo que quiero en una mujer, es linda, inteligente, compleja, una mujer que merece ser querida, que espero que siga luchando por cada uno de sus sueños. Ahora no sé nada de ella, solo guardo la esperanza de que la vida le sonría de forma bonita.