Buenos días, el día de hoy les traigo una historia real, corta, pero con muchos sentimientos en ella, es personal y la reviví en la playa en los últimos días
Un viaje en el alma
La historia de mi familia es como la de miles en Colombia. De orígenes paisas, para ser más específicos, de Támesis, Antioquia, un pueblito entre las montañas con muchas historias para contar, como cualquier pueblo antioqueño. Allá se conocerían Aníbal y Elisenia: él, de origen indígena; ella, blanca, con facciones españolas. Él, del partido Conservador; ella, de familia Liberal. Con todo en contra, como muchas familias de nuestro país. Dueños de nada, pero con ganas de todo, se enamoraron, tuvieron 10 hijos y huyeron de su pueblo por la violencia bipartidista de los años 50, terminando en un pueblo con alma vieja en el norte del Valle del Cauca. Allí su familia crecería, dentro de las carencias que vivía gran parte del país en los años 60 y 70.
Sus hijos fueron creciendo: 8 mujeres y 2 hombres. Las mujeres salieron todas casadas, no con los mejores esposos, pero casadas. Las dos menores fueron las rebeldes; no se casaron, pero sí estudiaron. Los dos hombres, trabajadores, comerciantes —no sabemos si buenos o malos—, pero comerciantes al fin y al cabo. Una familia que crecería mucho: infinidad de sobrinos y nietos, siempre con un sueño que Aníbal y Elisenia no alcanzarían a cumplir: ir todos juntos al mar. Ese sueño que también tienen muchas familias: conocer el mar. Algo tan simple, pero que en un país con tantos problemas como el nuestro, termina siendo un reto conseguir.
Cada uno de esta gran familia viajaría al mar en diferentes ocasiones, unos más que otros, algunas veces juntos, pero no todos. Con el pasar de los años, de los hermanos quedaron solo 8. El sueño ya no era el mismo, porque el mar ya lo conocían, pero no todos juntos, como lo llegaron a soñar Elisenia y Aníbal. Hasta que una de las hijas menores, la oveja negra que se fue de la casa sin casarse porque primero quiso ser profesional que esposa, lo lograría. Y con el primer pago que recibiría de su pensión, después de una larga vida de trabajo, les pagaría un viaje a todos sus hermanos. A ese viaje de 8 se sumarían sobrinos, nietos, hasta bisnietos que no alcanzaron a conocer a los creadores de esta familia.
Su destino sería Cartagena, la ciudad amurallada que en cada esquina guarda una historia, un secreto. La ciudad que sería cómplice de esta familia para guardar un recuerdo que les quedaría para siempre: un viaje donde hubo risas, robos y borracheras, con el mar como testigo. Un sueño cumplido, el viaje por el cual toda una vida esperaron, sin saber que Cartagena sería el último lugar donde los 8 hermanos estarían juntos. Por eso, en Cartagena quedó parte del corazón de esta familia. Un recuerdo que revivirá cada uno al caminar por Bocagrande, al pasar por las calles del centro histórico o al ver a la India Catalina.

Mi historia de hoy sé que es la de miles de familias que llevan años soñando un viaje juntos, porque en nuestro país, a falta de dinero, nos ha sobrado amor, locura y ganas.
Por eso, hoy, al escribir esto desde las playas de la Heroica, solo agradezco por haberlos tenido a todos juntos hace unos años en Bocagrande, por haber recibido siempre tanto amor de esa gran familia. Mi historia de hoy es diferente, corta, pero como un homenaje a lo que soy y de dónde vengo, porque a veces es necesario mirar a las raíces.
