Historias del cotidiano: La ciudad y los perros.

Buenos días, la historia de hoy es real, algo macabra y la forma como la conseguí también es digna de escribirla pero será para otra ocasión por ahora les recomiendo está, que en opinión personal y fuera de cualquier ego es de las mejores que han pasado por mis manos:

El soundtrack de la historia de hoy es de mano del Rap

Acá no hay ley ni Dios, somos las sobras de la sociedad viviendo en los barrios ocultos de una ciudad que aparenta mucha paz. Somos la ciudad y nosotros somos los perros, como titula un famoso libro de Vargas Llosa; pero acá perro come perro. Yo llevo años sobreviviendo en esta selva, siendo un caníbal más. He visto mucha gente partir, otros tratar de huir, pero a fin de cuentas esta maldición siempre llega a nosotros. Nacer pobre en un país latinoamericano es una cruz que cargamos de por vida y, no como muchos creen, realmente el pobre “no es pobre porque quiere”, es pobre por destino, en una carrera llamada vida donde muchos nacen con ventaja, mientras que otros nacemos cargando la maldición dejada por nuestros antepasados.

Aunque, primero que todo, me presento: mi nombre es Pedro. Ahora tengo la edad de Cristo al morir, lo que es un gran logro en el mundo en que me muevo. Mi trabajo es algo peculiar: trabajo con la delincuencia, pero no me considero un bandido porque yo no mato ni robo a nadie. Realmente, mi labor consiste en “procesar residuos”, una carrera que aprendí con mi padre, quien toda la vida trabajó de “tanatólogo” en una morgue, una profesión que también aprendió de su padre y una carga que hemos llevado como familia: vivir de los muertos de otro, tratar de volver bonito un momento tan lúgubre como la muerte, dejar a los fallecidos presentables para su último adiós. De esos trabajos que nadie quiere, pero toca hacer; y al nosotros estar en la escalera más baja de la sociedad, hacemos para sobrevivir.

Mientras que mis amigos del barrio comenzaron a vender vicio para sobrevivir o a matar gente para subir en el mundo criminal, yo acompañaba a mi padre desde muy joven a aprender a preparar los muertos. Tuve unas lecciones un poco raras, como saber dónde cortar huesos para que fuera más fácil en los casos donde los cuerpos estaban tan irreconocibles que tocaba hacer de todo para reconstruirlos. Mi papá nunca se pudo pensionar y dejó de trabajar por una hernia que se le causó al mover el cadáver de un hombre que era más grasa que persona. Entonces, yo seguí en el negocio familiar, pero teniendo la responsabilidad de tener que sostener a mi cucha y mi cucho. En la funeraria me pagaban un poco más de un mínimo con el que teníamos que sobrevivir tres personas, hasta que un día me llegó una oportunidad que me cambiaría la vida.

Resulta que uno de los parceros con los que había crecido en el barrio logró escalar en el mundo criminal hasta volverse “importante”, siendo un traquetito de esos que mandan en las ollas y se había metido en un “güiro” del cual estaba desesperado por salir. En un ataque de ira mató a alguien que no podía matar: un policía que trabajaba con ellos y, según él, “quería cobrarle más” de lo que se pactó por dejar en paz una de las ollas. Necesitaban desaparecer el cuerpo, que no quedara absolutamente nada para reconocerlo o encontrarlo y, por cosas de la vida, se acordó de mí, el “sepulturero”, como me llamaba en el «pedazo», que es la manera en que en la calle llaman al barrio donde uno nació. Por lo que un sábado a las once de la noche mandó a buscarme tocando; sus pelagatos casi tumban la puerta de mi casa en medio de una tormenta torrencial que caía sobre la ciudad como en película de terror, diciéndome: “El patrón lo necesita, calladito y no pregunte”.

Llegué yo a una casa en lo más profundo del barrio, donde se comienza a unir con la montaña. Cuando entré a esa casa solo encontré un cuerpo cubierto por una sábana y al parcero diciéndome: “Le pago seis palos si me pica ese cuerpo para que nadie lo pueda encontrar”. Esos seis millones representaban medio año de trabajo para mí, por lo que, muerto del susto, acepté. Pero no tenía ninguna herramienta, por lo que le dije al parcero y me devolvió la pregunta diciéndome: “¿Qué necesita? Yo le mando a conseguir lo que sea”. A lo que le di una lista que parecía la de un maestro de obra: serruchos, cinceles e incluso cal. No sé cómo hizo, pero un sábado a la medianoche lo logró. Yo comencé a trabajar, a picar, a cortar, a volver el cuerpo de una persona de metro ochenta y noventa kilos en muchos pedazos que se pudieran empacar. Lo mandé también a conseguir latas de esas de pintura o frascos herméticos, algo que aprendí de la funeraria, ya que allí empacamos todo lo que sobra de los cuerpos, porque ustedes no se dan cuenta, pero cuando les devuelven sus muertos por lo general les falta algo, sobre todo cuando la muerte no fue natural. Trabajé casi hasta las seis am y, en tiempo récord, tenía ese cuerpo en muchos frascos sellados con cemento y cal, frascos que ya ellos se encargaron de enterrar en muchas partes lejanas de la ciudad.

Un trabajo excepcional, realmente era el mejor trabajo que había hecho con un cuerpo hasta ese momento. Trabajar en la funeraria me ayudó a comprender la anatomía humana. El parcero quedó tan impresionado que me dijo: “Sabe qué, Pedro, usted nació para esto, lo voy a contratar”. Y desde eso estoy en la nómina de una “asociación” de traquetos como encargado de “residuos”. Me pagan un sueldo mensual y una bonificación por cadáver. Yo no pregunto quiénes son ni por qué los mataron, solo cumplo con mi trabajo. Ahora estoy estudiando técnico en criminalística para “profesionalizar” mi vocación. Trabajo tranquilo, en mis tiempos libres leo mucho, me preparo, aunque últimamente, con la cantidad de muertos en esta ciudad, he tenido mucho trabajo, “gracias a Dios”, como diría mi padre. Los cuchos ahora viven bien, yo solo les dije que me cambié de funeraria.

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