Historias del cotidiano: al otro lado nos vemos.

Buenos días, seguimos con un pequeño especial de historias de “amor” por el mes de septiembre, la de hoy realmente es una recopilación de varias historias que escuché a lo largo de mi vida y fueron combinadas en una sola.

Hoy Willie Colón nos va a acompañar.

Lo de ellos era un amor invisible, algo que nadie más podía ver, pero que cuando estaban juntos el mundo brillaba. Un amor difícil de encontrar en un mundo lleno de odio, sobre todo en una época en la que Colombia se desangraba por dos bandos cuya única diferencia era el color que vestían, como lo expresaría en el futuro el maestro García Márquez por medio de uno de sus personajes más famosos:

“La única diferencia actual entre liberales y conservadores es que los liberales van a misa de cinco y los conservadores van a misa de ocho.”

Eran una versión criolla de Romeo y Julieta: los Montesco y los Capuleto habían reencarnado en tierras paisas, en medio de las cordilleras, en un pueblo de esos que en el futuro inspirarían a crear el realismo mágico, un lugar en las montañas donde nacen las nubes. Sin mucho progreso, pero con muchos sueños, aunque la violencia había comenzado a envenenar desde aquel 9 de abril de 1948, cuando en la radio anunciaron:
“asesinaron a Jorge Eliécer Gaitán”,
y con eso el país se incendiaría por varios años, y en medio de ese incendio quedaría el amor de esta novela.

Aquel pueblo históricamente había sido dominado por los conservadores, por lo cual, cuando llegaron las primeras noticias de cómo en pueblos cercanos eran tomados por la chusma, entraron en pánico, como si un virus se estuviera esparciendo por las calles empedradas y ellos tuvieran que entrar en cuarentena del mal esparcido por los liberales. Pero mientras todo eso pasaba, poco le importaba a Sofía, la hija del alcalde, lo que sucedía en el país. Ella tenía su mente en otras cosas; para ser más específicos, la tenía en un joven de origen campesino, loco, músico y bohemio, cuya familia era de las pocas que en ese terruño tenía la valentía de identificarse como liberales.

Sofía fue criada para ser la dama perfecta de la alta sociedad colombiana. Su bisabuelo fue uno de los fundadores del pueblo, por eso ellos tenían una casona gigante en toda la plaza principal donde, en épocas no tan lejanas, llegaron a tener hasta esclavos. A Sofía no le tocaron esclavos, pero sí servidumbre: entre 15 y 20 personas estaban todo el tiempo disponibles para atender aquella casa tan grande. Desde muy niña se le enseñó que debía ser católica, apostólica y romana, una mujer de buenos modales, dispuesta a todo para en el futuro tener una gran familia, posiblemente con algún hijo de otra familia conservadora de la capital, para mejorar las relaciones. Aunque ella era un poco diferente… bueno, bastante en realidad. Una mujer adelantada a su época, con una rebeldía que corría por sus venas. Ella no quería que su matrimonio fuera otro acuerdo político o una subasta de la familia que mostrara más cualidades para llevarse el jugoso dote que su padre iba a dar por ella.

Ella quería que su matrimonio sí tuviera amor, pero un amor real, no como el que había visto en su mamá o sus hermanas, que decían que amaban a sus esposos, pero en realidad solo eran esclavas dentro de un hogar cuya única función era traer hijos al mundo, así ellas no quisieran más. Por eso, dentro de su rebeldía, se fijó en él: un mestizo con rasgos indígenas y alma de bohemio, que andaba con un libro de García Lorca bajo el brazo como su mayor tesoro. Un libro que se encontró en el Parque Berrío, en Medellín, en alguna de las visitas que hacía con su padre para vender pieles de vaca encurtidas. Él también era un ser diferente, un alma inquieta que soñaba con algún día poder vivir de su arte y tener un libro como aquel que guardaba como su mayor tesoro.

Él, así como Sofía, también había sido criado para cumplir una labor: dedicar su vida a cuidar vacas en medio de las montañas. Un destino que rechazó desde el día que aprendió a leer, a base de memorizar cada frase de la Biblia que recitaba un cura español que había en la vereda donde vivían, aprendiendo por pura fonética el significado de cada letra. Un acto de rebeldía en una sociedad en la cual se quería al campesino analfabeto para poderlo dominar. Cada escape a Medellín, para él, era una aventura: salir de aquella montaña donde él era el único poeta, a un mundo donde podía encontrar otras almas rebeldes. Y en uno de esos viajes tendría su aventura más grande, porque antes de que estallara la violencia poco importaba que fueran conservadores o liberales cuando se hablaba de negocios.

La familia de Sofía los había contratado para llevar dos becerros como parte del dote de la hermana mayor de ella, que se iba a casar con el hijo de una familia rica de Medellín. Por eso, ambas familias bajarían juntas desde la montaña hasta la capital. Momento en el cual aquellas almas rebeldes se cruzarían por primera vez. Entre ellos comenzó un juego de miradas del cual no hubo vuelta atrás. No hablaron mucho, pero de alguna manera sus almas se comunicaron. Él quedó flechado, pero sin saber cómo poder verla más después de aquel viaje. Sus mundos eran muy distintos, pero él encontró algo en común: ambos debían ir a misa cada domingo. Por lo cual comenzó a bajar al pueblo para poderla encontrar y, en medio de cada saludo, pasarle un poema que escribía entre semana en su finca mientras soñaba con ella.

Un amor prohibido. Un amor invisible, del cual solo ellos dos podían saber, porque la vida de Juan corría peligro con cada poema escrito a Sofía. Era un acto de rebeldía: la poesía y el amor como grito de batalla frente a una sociedad en llamas, consumida por el odio. Un acto al que Juan nunca le tuvo miedo, pero que sí tendría consecuencias.

Con esa frase Juan terminaría uno de los poemas a Sofía.

En uno de esos domingos en los que Juan bajó al pueblo con la esperanza de poder ver a su amada en la iglesia principal, su vida llegaría al final. Ni Juan ni Sofía lo sabían, pero aquellos poemas que ella guardaba como su mayor tesoro habían sido descubiertos por una de las criadas, que se los llevó al alcalde por miedo a una represalia si se descubría aquel pecado y la acusaban de cómplice. A Juan lo esperaban cinco hombres a la entrada del pueblo, que sin mediar palabra lo acribillaron a machete. Una noticia que se regó en cuestión de segundos y de la cual Sofía se enteraría corriendo a buscar a su amor imposible. Y ahí, a solo una cuadra de la iglesia, lo encontraría, desgarrándose sola. Junto a él se quedaría, sin que hubiera poder humano capaz de convencerla de moverse un centímetro de su lado.

Sofía tampoco duraría mucho. Al siguiente domingo, mientras daban la misa de ocho, encontraría la forma de subir hasta el campanario y de ahí se lanzaría, junto con una nota que decía:
“Al otro lado nos veremos.”

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