Historia del cotidiano: El monstruo en mi cama.

Buenos días, en el mes de octubre quise darles historias de terror real, de esas que no tienen nada de paranormal sino que hacen parte del paisaje de nuestra Colombia, esta es una que ocurrió en un pueblo del norte del valle hace no muchos años:

La banda sonora de hoy va de manos de Willie Colón

“Ya no lo soporto ni una noche más”, fueron las palabras que le dije a Juan la tarde antes de la fuga.

Yo lo conocí cuando apenas tenía dieciséis años y no sabía mucho de la vida, pero sí sabía que en el pueblo decían que él era parte de «los mágicos», él y toda su familia; esa gente que aparece plata de la nada. A diferencia de mí, él ya tenía mucha experiencia en la vida. Pasó de ser un simple vendedor de sombreros en la galería del pueblo a ser el amo y señor de este terruño. Por eso, cuando me invitó a salir por primera vez, acepté entre miedo e intriga.

Él me doblaba casi la edad y, desde el inicio, me dejó claro que yo ya era parte de una de sus propiedades. Me encerró en una jaula de oro. Yo no podía tener amigos o amigas; solo estaba destinada para complacerlo sexualmente, y producto de eso nacieron nuestros hijos. Nunca fueron planeados, sino más bien una consecuencia de sus instintos carnales, pero a ellos los amé con todo mi ser. A pesar del monstruo que él era, con los niños siempre fue buen padre. Pero entre más pasaban los años y los niños más iban creciendo, él se iba olvidando de mí, aunque yo seguía siendo parte de su propiedad. Yo le tenía miedo, más que a cualquier espanto o personaje de película de terror, porque los monstruos en realidad existen. En este caso, el mío era mi esposo.

Mi cotidianidad consistía en interactuar con mi familia y de pronto con las esposas de otros «mágicos». No entiendo el motivo, pero para ellos es muy importante en su gremio aparentar que tienen una familia unida, a pesar de que tengan doscientas mozas u otras tres familias más. Deben mostrar que su familia principal está bien, por eso, cuando las cosas estaban calmadas, nos reuníamos con las familias de sus socios. Eso era mi máxima vida social; del resto, estaba aislada.

Para todas partes que iba, sus escoltas me acompañaban. Podía comprar lo que yo quisiera como «compensación» a mi soledad, entonces, para salir de la jaula un rato, me iba de shopping. En esas salidas, él asignó un escolta nuevo a mi séquito de confianza: un joven de unos veintitantos años, flaco, de cara bonita, llamado Juan.

Juan era nuevo en el mundo de la mafia. Entró “viejo” a la vuelta, pero por cosas de la vida se ganó la confianza del monstruo tanto como para dejar que se acercara a mí. El monstruo tenía claro que ninguno de sus hombres se iba a atrever siquiera a mirarme. La fama de malo que tenía mi esposo era gigante, por eso ellos eran los únicos hombres que podía tener a mi alrededor.

Con el tiempo, Juan se volvió mi chofer principal, por lo que podíamos hablar, ya que en un carro íbamos él y yo, mientras que en el otro iban los demás escoltas. Entre conversaciones, pude saber que entró a ese mundo por su primo y que su sueño era poder comprar una casa a su mamá. Dijo que iba a trabajar hasta lograrlo y de ahí se iría para España, ya que era ciudadano español también gracias a un papá que los abandonó, pero por lo menos eso le dejó. De hecho, para lo primero que lo “contrataron” dentro del cartel fue para irse cargado y, al ser ciudadano español, coronó fácil. Esa fue su manera de entrar a trabajar con ellos.

Juan y yo nos comenzamos a volver más cercanos, pero él siempre fue muy respetuoso. Hasta un día me recogió temprano para ir a acompañarme a una cita médica y vio que tenía varios moretones en el cuerpo, debido a que el monstruo había llegado borracho después de que se les dañara un negocio y su solución fue pegarme. Él me dijo: “Doña Paula, con todo respeto, usted no merece eso. Usted es una mujer bonita, aún está joven, váyase del país con sus hijos”. Habían pasado tantos años desde que alguien me dijera algo bonito que, incluso en ese contexto, fue algo que me alegró el día, pero de manera distante le dije: “Juan, no diga bobadas, que yo ya estoy vieja y ¿qué me voy a poner a hacer?”. A lo que Juan contestó: “Vieja, vieja la cédula; usted se ve como a muchas peladas de veinte que quisieran”. Le dije que dejara tanta bobada y arrancara, que iba a llegar tarde.

Yo sabía el peligro que eran esos comentarios, pero desde ese momento Juan comenzó a rondar por mi mente, hasta que un día en el carro le pregunté: “Juan, ¿yo en serio a vos te parezco bonita?”. Él me dijo: “Claro que sí, pero yo sé que es la mujer del patrón y, si no fuera por eso, hace rato le hubiera dicho más cosas”. Y entre chanza, viaje en el carro y juego, comenzaron a pasar cosas: un beso, una caricia. Me volví a sentir viva. Hacía muchos años no me sentía deseada. Yo a Juan le contaba todas mis desdichas y él simplemente escuchaba. Con el tiempo, nos fuimos enamorando, pero siempre le dije que era algo que no se podía.

Hasta que llegó ese día donde, después de una golpiza por parte de ese monstruo, le dije a Juan: “Ya no lo soporto ni una noche más”. Y Juan me hizo una propuesta loca: “Pues volémonos. Vámonos para Cali, que ellos allá no pueden entrar. Tomamos un vuelo y nos vamos para España. Yo tengo una platica ahorrada, sus hijos ya están grandes y, a este paso, te va a matar”. En medio de todo, acepté. Juan ya tenía todo planeado: iba a decir que llevaba el carro al mecánico después de dejarme a mí en donde una de mis hermanas, pero en realidad me iba a subir en el baúl del carro y, mientras que los otros escoltas nos esperaban, íbamos a ir rumbo a Cali.

Al otro día, iniciamos el plan de fuga. Todo se coordinó. Llamé a mi hermana para saber si iba a estar en casa y me dijo que no, entonces era perfecto. Ella sabía que yo muchas veces me iba para allá así no estuviera, solo para huir un rato de la jaula, por lo que me dejó la puerta abierta. Llegamos. Juan entró el carro al garaje para bajar unos “regalos que llevaban”. Llenamos el carro de cajas para que los escoltas se entretuvieran bajando cosas, mientras tanto Juan me dejaba el baúl abierto. Yo les dije a los demás escoltas que me iba a bañar, que dejaran todo en la sala y que no molestaran. Mientras que ellos hacían todo eso, yo salí por detrás de la casa sin que nadie me viera y me metí al baúl del carro.

Juan se despidió de los demás y arrancamos. Cuando ya habíamos salido del pueblo, me pude pasar a la parte de adelante, pero el escape no duró mucho. A unos treinta kilómetros, nos paró la policía. Creíamos que era una revisión normal, hasta que escuchamos por una radio: “Patrón, los tenemos”. Se llevaron a Juan en una patrulla con la cabeza tapada; esa fue la última vez que lo vi. Por mí, llegó una camioneta que me llevó a una finca que conocía, la finca de los fines de semana donde llevaba a los niños para que jugaran. El destino de Juan sería ser amarrado de sus pies a una camioneta y arrastrado por todo el pueblo como símbolo de que nadie podía traicionar al monstruo. Posteriormente, en un terreno baldío, amarraron cada extremidad de Juan a una camioneta cuatro por cuatro y aceleraron hasta que lo destrozaron vivo.

Mientras tanto, pasaron las horas hasta que en la madrugada llegó mi verdugo, ese hombre que me enjauló a los dieciséis años. Entró a la habitación diciéndome: “¿Cuánta plata traes?”. A lo que respondí: “Nada”. Entonces me dijo: “Vos te vas a tener que acostar con cada hombre en esta finca como una puta, porque así vas a pagar tu deuda. Y no te mato porque sos la mamá de mis hijos y no los voy a dejar huérfanos”. Esa noche fui violada por cada uno de sus escoltas; eran más de cincuenta. En la mañana me llevaron a donde un médico muy conocido del pueblo, porque básicamente me estaba desangrando. Ese hombre me salvó la vida y me mantuvo protegida en la clínica lo que más pudo para que no volviera a salir donde él, aunque ahí no acabaría todo mi sufrimiento. Esa misma semana, mató a todas mis hermanas, hermanos, mamá, papá y me dejó sola, sin ganas de vivir. Me encerró en esa misma finca, donde duré unos cuatro meses, hasta que en un viaje a Panamá, la DEA lo atraparía para llevarlo a Estados Unidos y con eso por fin “descansaría”. Desde eso, he tratado de reconstruir mi vida. En realidad, nunca me quise matar por mis hijos; ya bastante ellos habían sufrido.

Hace unos dos años, ese monstruo salió de la cárcel, pero se quedó en USA bajo protección de testigos.

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