Buenos días, la última historia de este año es parte basada en hechos reales y otra una reflexión sobre cómo la época más alegre del año para otros es la más difícil.
Ya han pasado años desde que Juan tomó esa decisión un 24 de diciembre. No hubo llamadas, no hubo carta, no hubo señales; pero sus amigos lo recuerdan siempre con un vallenato que dice: “Si él se iba primero, él me hacía un retrato; si yo me iba primero, le sacaba un son”, y tiran un trago al suelo para las ánimas, para Juan, con el cargo de conciencia de que nunca notaron lo que le pasaba. Juan sufría lo de muchos hombres: una falta de capacidad de admitir que no estaba bien, camuflando todo detrás de una sonrisa que escondía una tristeza que nadie puede medir; un alma muerta que, de a poco, iba dejando ese cuerpo joven.
Juan era un hombre exitoso, trabajador, algo introvertido, de pocos amigos y amores. Había llegado desde la provincia hasta la capital en su adolescencia para estudiar; en la universidad fue donde conoció a sus tres amigos inseparables, ellos mucho más extrovertidos que él. Aunque si Juan destacaba por algo era por su inteligencia: no debía decir mucho para expresar todo. Era de esas almas viejas que expresan sabiduría al hablar, pero que a su vez siempre hablan con un poco de melancolía; una depresión camuflada de un pesimismo lógico propio de las personas inteligentes. Pero Juan tenía su «manda»: sus amigos, con los que se tomaba una cerveza cada fin de semana. Sin embargo, los años no llegan solos y esos amigos se fueron alejando; no por voluntad propia, sino por razones propias de la adultez. Cada uno se fue distanciando: alguno se fue a trabajar fuera de la ciudad, otro se casó y el otro, simplemente, trabajaba como veinte horas diarias para poder llegar a final de mes.

Esa cerveza semanal se fue volviendo quincenal, luego mensual y, ya luego, solo cuando las agendas coincidían. Mientras tanto, Juan era el más exitoso profesionalmente, pero con un serio problema para formar nuevas amistades. Buscaba refugio de su soledad en el amor, en la novia que estuviera de turno, pero en el fondo ninguna le llegaba a gustar; tarde o temprano se aburría de ellas, de la monotonía, de no encontrar esa alma igual de vieja a la de él, esa alma un poco efímera en su existir. Juan tampoco volvió al pueblo; sus padres murieron hace no mucho tiempo, entonces ya no tenía razón alguna para volver a la provincia, que poco conectaba con la inquietud que una mente brillante suele tener.
Por eso, para Juan, la época más dura era diciembre. Por muchos años, las familias de las que fueron sus novias lo adoptaron, haciéndolo sentir diferente, hasta que Juan entró en crisis y decidió no tener parejas por un tiempo, cansado de las relaciones que llegaban a lo mismo. Fue a terapia, buscó salidas a sus males, pero su mente seguía inquietante. A veces sentía que extrañaba esa vida simple donde un viernes después de clase se convertía en unas cervezas y alguna charla de cómo solucionar los problemas de Colombia. Ese diciembre buscó a sus amigos, pero todos estuvieron ocupados. Juan simplemente no amaneció en Nochebuena; solo dejó una servilleta en medio de un libro de Dostoievski al lado de su cama con una nota que decía: «¡Blanca Navidad! Por siempre, Juan».
Diciembre es el mes con más suicidios en el año y la mayoría de ellos son de hombres mayores de 35 años, cuiden a sus amigos, papás, tíos, estas fechas no son iguales para todos.