Historias del cotidiano: Otra Navidad.

Buenos días, para cerrar este año les quiero compartir otra historia de Navidad pero de la otra Colombia, la que muchas veces ignoramos.

Es otra noche más para Pedro con el frío de la madrugada a sus espaldas; ya esta es la tercera Navidad que pasa lejos de su familia. Cuando entró a la guerra apenas era un niño, pero con el pasar de los años su cara ha ido cambiando. El monte es cruel y hostil, incluso con ellos que crecieron en esas montañas. Él no conoce de ideologías políticas; no sabe nada sobre marxismo, dialéctica o la lucha del proletariado. Para él, la guerra simplemente fue la forma de salir de aquella vereda olvidada de un pequeño pueblo del Cauca.

Su familia es de origen cocalero; no son narcotraficantes, a duras penas han llegado a ser raspachines, como gran parte de la población de su caserío. Pedro creció sin padre porque el Ejército lo asesinó acusándolo de guerrillero; por eso siempre los vio como el enemigo, ese monstruo extraño que de vez en cuando patrullaba su montaña en búsqueda de algún alma sola para presentarla como baja.

Las oportunidades de progreso en su vida fueron pocas. Estudió hasta quinto de primaria en la escuelita rural donde solo había un maestro para dar clase a todos los grados. El mismo que les enseñaba a los niños pequeños a leer era el mismo que tenía que enseñarle a los grandes sobre historia y la independencia de Colombia. En esa época, su maestro era lo más parecido a un héroe que conocía: un educador que vivía en la misma escuelita y bajaba una vez cada quince días al pueblo cuando el clima lo dejaba, porque si estaban en temporada invernal, ni el mejor Jeep era capaz con esa trocha. Pero cada vez que iba, les llevaba algo a sus estudiantes: un dulce, comida o libros.

Fue con esos libros que Pedro comenzó a conocer el mundo más allá de esa montaña y a ver realidades increíbles para él. Pero cuando terminó su último grado de primaria, la realidad lo volvería a golpear: su maestro ya no podía seguir dándoles clase y, para seguir con sus estudios, debía bajar al pueblo. Eso se traducía en tener que caminar casi dos horas diarias en medio del monte para llegar hasta otra vereda donde la chiva sí llegaba. Al principio lo intentó, pero la situación en su casa se puso crítica; la guerra había aumentado y sin coca en su vereda no había plata. Fue ahí cuando decidió dejar el colegio para ser otro peón en una guerra que lleva devorando almas de jóvenes como él.

Jóvenes que no entienden de izquierda o derecha. Para ellos no «nos vamos a convertir en Venezuela» porque ellos nacieron en el olvido; solo son una cifra más, otro futuro muerto, otro ciclo de odio que se va a repetir. Porque el abandono estatal también es violencia, pero entender eso es imposible cuando no hemos intentado aprender con hambre. Y el hambre no solo está en nuestras montañas; también en nuestras ciudades, en donde la pobreza está oculta para que no nos estorbe en el paisaje.

Mientras tanto, Pedro celebra su Navidad leyendo un libro mientras sus compañeros toman aguardiente pensando en su vida fuera del monte. Él ya es el veterano de ese pequeño comando guerrillero. Pedro apenas tiene 16 años; nadie lo reclutó, solo fue la vida la que lo obligó a estar allí.

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