Buenos días, el primer relato del año es un reflejo de como la violencia intrafamiliar puede comenzar de tantas cosas, una historia cruda pero que le puede servir a alguna mujer que se encuentre pasando por una situación similar:
Todo comenzó con un: “No me gusta el escote de esa blusa, te hace ver vulgar”. Apenas llevábamos tres meses de relación, pero ya habíamos comenzado a vivir juntos, por lo cual minimicé las cosas; simplemente busqué algo más para colocarme.
Nuestra historia comenzó como una novela de amor. Yo venía de varias relaciones fallidas y estaba en una época algo confusa de mi vida; estaba iniciando en el mundo laboral y no sabía qué quería, pero lo único que tenía claro en ese momento era que uno de mis sueños por cumplir sería tener una familia. Quería a alguien que se muriera por mí y yo por él; un hogar bonito. Pero, a su vez, estaba cansada del mismo tipo de hombres, hasta que apareció él.
Desde el principio se presentó como un príncipe azul. La primera cita fue en un restaurante romántico; desde entonces nos comenzamos a ver casi a diario. Hubo muchas flores, chocolates y, llevando pocas semanas de salir, me dijo: “Vamos para Cartagena, yo pago todo”. Acepté sin pensarlo mucho. Fue un viaje maravilloso, con cena en la playa a la luz de las velas; en ese momento pensé: “Encontré al hombre de mi vida”.
Unas semanas después del viaje me propuso algo que para mí era bastante loco: “Vámonos a vivir juntos”. Nunca se me había pasado por la cabeza irme a vivir con alguien; siempre fui una niña muy de casa, apegada a su familia. Pero una parte de mí ya estaba cansada de esa dinámica de tener que explicar para dónde iba o tener que mentir si me quería quedar a dormir con él, porque mis padres eran bastante conservadores. Por lo cual le dije que, si quería eso, tenía que ir a hablar con mi papá. Él aceptó y al otro día estaba en mi casa hablando, algo que me enamoró aún más. Era el hombre perfecto, caballeroso. Me fui de mi casa con toda la ilusión. Él, desde el principio, me dijo que se iba a encargar de todo; algo soñado para mí, porque por fin iba a poder tener mi sueldo para mí sola.
Los primeros meses de convivencia fueron tal cual como venía siendo la relación: cenas en buenos restaurantes, viajes, regalos y un hombre que se derretía por mí. Nunca noté nada raro hasta ese primer comentario que decidí ignorar de manera no tan subconsciente. No había pasado mucho tiempo cuando me quedé sin trabajo. Era contratista de una entidad pública, algo político, y el político que me consiguió ese trabajo le dio el cargo a alguien más. Mi hombre ideal volvió a aparecer: “No busques más, conmigo no te va a faltar nada”. Y, sin darme cuenta, me comencé a convertir en ama de casa; mi rutina se volvió cocinar, organizar ropa, tener la casa linda y estar disponible para lo que él quisiera.
Fue en ese entonces que la relación se transformó. Las salidas a restaurantes fueron disminuyendo y sus comentarios sobre mi ropa fueron aumentando. Además, comenzó a decirme que no le gustaban mis fotos en redes, sobre todo las fotos en vestido de baño, por lo cual dejé de publicar. Yo nunca he sido de muchas amigas, pero le conté a las que tenía, aunque justificándolo con un “él es un poco celoso”. Mis amigas me decían que saliera de ahí, algo que no escuché. Él también comenzó a hablarme mal de ellas: “Mira esta cómo sale de fiesta cada ocho días, eso no es de una mujer decente”, “quién sabe con cuántos se ha acostado borracha”, “tu amiga cambia mucho de novios, eso no es normal”, “ellas solo te han querido por interés”, “ese tipo de mujeres no te deberían rodear”. Así, hasta que, sin darme cuenta, me alejé de ellas.
Cada vez mi vida se fue perdiendo más para convertirse en la de él. Dejamos de salir; lo único diferente que hacíamos era ir donde su familia, que aparentaba ser perfecta, tal como él. Su papá era el hombre proveedor con su mamá y vivían en una casa finca que mantenía impecable. Su mamá, siempre bella de pies a cabeza; pero detrás de eso había violencia, engaños y una mujer que sacrificó todo por el bienestar de sus hijos y soportó todo.
Su nivel de control llegó hasta decirme que cambiara mi ropa interior porque la que yo usaba era “de zorras”. Me alejé de todo, cambié mi manera de vestir, pero hasta ese momento justificaba todo. Él fue cambiando cada vez más: el hombre romántico desapareció, ya no había besos, se acabaron las flores. Solo quería la casa limpia y que yo me desnudara cada vez que él quería sexo; un sexo frío, sin ganas, en el que solo me pedía que me hiciera arriba de él hasta acabar en dos o tres minutos. Se enojaba si yo proponía hacer algo diferente, incluso si me dolía por no estar lubricada; era cuando él quisiera, incluso si yo no quería, hasta estando yo ya dormida.
Pero yo en ese momento lo seguía justificando, seguía enamorada. Solo cambió cuando llegó el día del primer golpe. Una mañana como las demás, él llegó más temprano de lo normal para almorzar y yo apenas estaba haciendo el almuerzo porque había lavado hasta su ropa interior, ya que él no hacía nada por sí solo. Comenzó la discusión, los insultos y, en un abrir y cerrar de ojos, estaba tirada en el suelo después de un puñetazo. En ese momento me congelé; solo me pude parar a llorar y encerrarme en el baño. Empaqué una muda de ropa y salí corriendo para donde mi papá en cuanto él se fue a trabajar.
Me rogó durante dos semanas; incluso habló con mi papá diciéndole que intercediera. Me prometió cambiar, volvieron las flores y los chocolates. Me regaló un anillo de promesa como muestra de que me iba a pedir matrimonio, por lo que volví a la prisión. Pero esta vez algo había cambiado. Con los días, él volvió a su verdadero yo, pero ya ni para sexo me buscaba; solo le interesaba la casa limpia y las fotos lindas en redes sociales para parecer la pareja perfecta. Comencé a pensar que tenía a otra. Su celular era un completo misterio porque nunca me lo mostraba; llegaba a casa y lo dejaba a un lado con la excusa de “desconectarse del trabajo”.
La intriga me comenzó a matar. Sin que se diera cuenta, logré grabar su clave y, en un descuido, se lo revisé. Lo primero que encontré fue un chat con amigos donde se enviaban fotos de todo tipo de mujeres; algunas conocidas, otras que ni idea. Eran fotos explícitas, pero los mensajes en su mayoría eran de ellos. Busqué en su correo y encontré un registro en una página de citas y, cuando accedí, encontré que hablaba con todo lo que se moviera: hombres, mujeres, trans. Pero ahí no paró la búsqueda: en su WhatsApp encontré muchos chats con prostitutas.
En ese momento mi mundo se cayó porque era lo único que yo le defendía: que, por lo menos, era un hombre fiel. Justo entonces comencé a conectar todo. Cuando lo confronté, su reacción fue otro golpe por revisarle el celular, pero esta vez no paró con un solo golpe. Fueron muchos, hasta que perdí la consciencia. Cuando desperté, estaba en la cama con un ramo de flores al lado y un collar de oro con diamantes. No pude hablar por unos días debido a la inflamación en mi rostro y él actuó como si nada hubiera pasado. Me dijo que mi celular se había caído y dañado, y que últimamente la seguridad en la ciudad estaba empeorando, así que mandó colocar cámaras y una chapa electrónica con clave; clave que solo él tenía.
Mi reacción fue que tenía que pensar con mente fría porque, básicamente, me había secuestrado. Actué como si nada pasara, volví a ser la ama de casa ideal, esperando el momento en que pudiera actuar cuando él estuviera calmado. Todo lo pedíamos por Rappi para no salir del apartamento; él solo salía a “trabajar” y yo comencé a construir mi plan. Él era un amante excesivo de la carne, era algo que no podía faltar; entonces, todos los días iba cortando pedazos de los filetes para irlos botando por el retrete. Hasta que un día que salió le dije: “Se acabó la carne, pide por Rappi, porfa, que te estoy haciendo un lomito saltado (su plato preferido)”. Accedió, pero le dije: “¿Y cómo abro la puerta si tiene seguro y no tengo el código?”. Como él creía que yo ya me había calmado, me lo envió. En cuanto abrí la puerta, lo único que hice fue correr. Corrí hasta la casa de mi papá y desde ese lugar le conté todo.

Aquí estamos hasta el día de hoy. Él tiene denuncias en la Fiscalía por secuestro, tortura, violencia intrafamiliar y acceso carnal. Me ha ofrecido de todo para que quite las denuncias y, sobre todo, para que no cuente que a él lo que le gusta es ser el pasivo.