Buenos días, la historia de hoy es una segunda parte de una de las más tristes que he tenido la oportunidad de escuchar, por acá les dejo el link para que lean la primera parte “mi alma se la dejo al diablo”:
Ya casi son dos años de aquella noche trágica; casi «19 días y 500 noches», como titularía Joaquín Sabina uno de sus álbumes más famosos. Justo ayer, acomodando algunas cosas de la mudanza, encontré un libro subrayado por ella. Yo creía haber donado o regalado todo lo relacionado a nosotros, nuestros sueños que ya hacen parte de ese «bulevar de los sueños rotos» donde circulan las almas en pena; pero, como fantasmas que vuelven a atormentarme de vez en cuando, encuentro fragmentos de esa vida ocultos en el apartamento, objetos que me quieren dar sus mensajes. Justo ese libro era La casa de los espíritus, de Isabel Allende.
Yo sabía que ver ese libro me iba a doler; nadie te prepara para la ausencia, para la melancolía que se apodera de una vida al volver a un lugar que representó el hogar, pero que ahora solo son cuatro paredes que encierran historias que nadie va a escuchar. Ella se fue junto con un libro al lado de su cama porque, para ella, leer era viajar, escapar de ese dolor que generó la pérdida de nuestra hija. Los subrayaba, hacía notas al pie de página, guardaba frases, como si fuera una premonición de que alguien más fuera, en algún futuro probable, a leer su alma plasmada en aquellos libros. Por eso sentía que, con ese encuentro esporádico, ella me quería hablar; algo que hasta para mí es bastante loco.

Yo siempre fui todo lo contrario a ella: lógico, esquemático, cuadriculado, apegado a la realidad tangible. Ateo, algo que seguiré siendo; pero, a pesar de eso, ella siempre oró por mí, por nosotros. Creo que por eso la tragedia nos pegó tan distinto a los dos. Ambos éramos médicos, pero yo me aferré a la ciencia; sabía que era un embarazo de alto riesgo. Nunca lo quise pensar, pero siempre fui consciente de que podía llegar a ocurrir lo que finalmente pasó. Ahora, con este libro, entiendo que para ella «Alma» era la forma de honrar su legado, de sanar su linaje de mujeres que crecieron desde la carencia, obligadas a vivir al lado de “monstruos”, hombres abusadores a los cuales tuvieron que soportar por el amor a sus hijos. Ella era la primera profesional de su familia: la médica, la especialista, la de la casa bonita y el esposo trabajador. Además, hay dolores que solo entienden las madres.
Y sí, ese libro me habló. En cada página la volví a sentir a mi lado, como una guía para entender el porqué de todo. Nadie te enseña a superar la ausencia, pero sí hay formas de seguir amando desde el recuerdo, de no decir adiós sino un «hasta luego». Porque cada persona que logró llegar hasta nuestra alma —no desde el punto de vista metafísico, sino desde el poético, el humano, esa parte de nuestra esencia que pocas personas han podido entender—, esas personas que lo han logrado, se quedan con nosotros; y así mismo, nosotros con aquellos que lo hemos hecho. Por eso sentí que ese libro fue un mensaje claro, corto y contundente: “Vive por las dos, vive por nosotros”.
Como diría una de las frases subrayadas del libro:
«Tal vez lo único que queda de uno cuando muere son los recuerdos que otros tienen de nosotros».