Historias del cotidiano: rezo por vos.

Buenos días, la historia de este mes es una de las realidades olvidadas de nuestro país, de como una generación fue desangrada y masacrada por pensar diferente.

“Rezo por vos”. Fue lo último que le dijo Juan a su verdugo. Él, como el coronel Aureliano Buendía frente al pelotón de fusilamiento, había de recordar algo que le dijo su padre cuando tan solo tenía diez años: “Piensa distinto”. Esto fue lo que más pregonó durante su corta vida; tanto, que era lo que lo tenía afuera de una choza en medio de las montañas, en la Antioquia profunda, amarrado de pies y manos a un árbol, esperando a que alguien más decidiera qué iba a pasar con él, con su vida y con sus sueños.

Juan cargaba con el mayor de los pecados en el «país del Sagrado Corazón de Jesús», donde los liberales y conservadores eran igual de retrógrados: creer que el país se podía cambiar educando a la gente. Él no era de familia rica ni influyente; su padre toda la vida fue un trabajador de fábrica que tuvo que sostener a cinco hijos, pero que siempre tuvo algo claro: sus hijos debían estudiar, porque sabía que el estudio era la única forma de soltar la cruz que implica nacer pobre en Colombia. Juan fue el primero que pudo ingresar a la universidad pública, entrando al templo de la educación antioqueña, el símbolo del progreso y empuje paisa: la Universidad de Antioquia.

Juan entraría a una carrera que, a pesar de ser una universidad pública, estaba reservada para la élite de Medellín: Derecho. Sería un estudiante brillante, llevando en mente aquella frase de su papá: “Piensa distinto”. Por eso se dejaría influir por ideas que para él serían nuevas; comenzaría a pensar en los derechos de los trabajadores, en la asociación como manera de lucha social y en la educación como fuerza transformadora. Por eso, cuando nace la UP, él se uniría. Juan no creía en el marxismo o el leninismo; simplemente creía en que el cambio se puede dar en un país, y veía en la UP un símbolo de esperanza.

Comenzaría a trabajar como abogado en la personería de un pequeño pueblo en las montañas del occidente, llegando con la idea de compartir sus pensamientos con todo aquel dispuesto a escucharlo. Ayudaría a constituir el primer sindicato visto en esas tierras donde los derechos suelen llegar más lento; crearía grupos de debate sobre la realidad del país y cuestionaría la política tradicional y el poder de la iglesia. Pero Juan se chocaría contra la realidad cuando las noticias de sus compañeros masacrados comenzarían a llegar, porque en la Colombia dominada por la ignorancia, pensar sería una sentencia de muerte.

Muchos se acercaron a Juan y le rogaron que se fuera del pueblo, que huyera. Era muy querido por su trabajo y por sus ayudas, pero Juan prefería morir antes que dejar de ayudar. Por eso, el fin de semana antes de estar frente al pelotón de fusilamiento, dio una charla para los trabajadores de la fábrica más grande de esa región; una charla furtiva, clandestina pero multitudinaria, explicándoles que su patrón no los podía despedir sin pagar una indemnización y sobre la importancia del pago a pensión. Juan no quería que ellos terminaran como su padre, que trabajó toda la vida y sus patrones nunca pagaron sus aportes; por eso iba a tener que trabajar hasta que su cuerpo no diera más, porque su pensión nunca iba a llegar.

A Juan lo secuestraron el siguiente viernes junto con dos trabajadores que lo acompañaban a hacer una inspección en una finca donde habían asesinado a un amigo suyo, un líder veredal que le ayudaba a difundir su palabra.

Esos dos trabajadores serían los testigos de las últimas palabras de Juan: “Rezo por vos, que crees que con la bendición de Dios puedes matar”. Juan fue asesinado un Viernes Santo, víctima de los terratenientes de la región que ese mismo día estarían todos juntos en el viacrucis como «gente de bien», la gente que madruga a misa de seis; los mismos que creerían que pensar distinto era un pecado capital.

Juan apenas tenía 33 años.

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