Desde que tuve memoria me sentí segura. Supongo, gracias a la familia que escogí y al ambiente que construimos juntos. Mi papá era el terreno seguro, los brazos abiertos y el hogar eterno. Todavía es difícil para mi traducir la palabra hogar sin él, cuando faltó hace casi 7 años cambió todo.
Decirle adiós fué desprenderme del egoísmo de querer tenerlo conmigo siempre y entender que su ciclo había llegado a un fin, fin que estuvo siempre muy cerca pero el de una u otra manera logro esquivar y alargar con gran valentía.
He tratado mucho de entender todo lo que paso en su enfermedad, fueron 10 años que nos costaron muchas cosas como familia. Aprender agradecer para que valoráramos lo realmente importante.
Cuando trato de recordar es como si no recordara nada y me llegaran fragmentos diminutos de una vida borrosa que no puedo definir bien si era yo quien estuvo allí. Aún se me hace extraño que nadie me silve o que me llamen a preguntarme si tengo frio para llevarme un saco así este a 1 hora de distancia.
Hay días como hoy que su ausencia es más pesada, que me siento perdida y quisiera tenerlo conmigo… pero vuelvo al aprendizaje inicial y entiendo que no puedo ser egoísta, que el ya sufrió y ya vivió, que me dejó con las herramientas para ser fuerte y crecer.
Después de repetirme esto una y otra vez su ausencia sigue y la vida también, te amo papi… te amo hoy como siempre y como ayer y como mañana. Te imagino feliz, te imagino con tu hijo reparando cosas que no hiciste en vida. Te amo y te recuerdo, te tengo presente, te llevo en mi.
Así como me dijiste tú: «siempre tuyo, tu papá» hoy te escribo yo…
Siempre tuya, tu hija que te adora.