Hace poco leí los apartes de una entrevista a Cristina Zubillaga, cuyo nombre sólo a algunos les decía algo, confinada en el anonimato que otorga envejecer en la vida ordinaria desde un pasado con la gloria de un momento. Más con orgullo que con pesar o arrepentimiento, hoy siente que fue la inspiración de un poeta con alma canalla, del cantante español Joaquín Sabina a finales de los ochenta, en un momento en que sus vidas se encontraron en los espacios de la bohemia que, seguramente, ella ya dejó pero que Sabina puede darse el placer de seguir viviendo. De las circunstancias de ese momento, de la atmósfera dispersa de unos jóvenes viejos y de unos viejos jóvenes que querían ser libres y auténticos, surgió una expresión de amor que se inmortalizó en las letras de una canción, pero que no pudo vivir para siempre, tal vez porque nada es para siempre y cuando se trata de hacer eternos los sentimientos, el tiempo termina por mostrar que, en la medida en que se agotan los misterios y apabulla la rutina, lo más posible es que el amor acabe. Ese romance, como todo romance que valga la pena, dejó huellas. En Cristina, las de la decepción inicial; en Sabina, las del poeta herido por la ausencia y, por eso, él, la música y nosotros tenemos mucho que agradecer.
Lo importante del texto musical es que nos permite hacer una reflexión, un poco en serio, un poco en broma, depende de cómo se comporte ese sentimiento que llamamos amor en los espacios de la comedia humana. Para empezar, me atrevo a aceptar que el amor, además de un proceso químico que produce en nuestro cerebro las endorfinas, constituye una mixtura de circunstancias, por eso muchas veces no se ama a quien conviene, sino a quien nos “gusta”, en el momento del encuentro que creemos, ingenuamente, que puede hacerse eterno, como si se tratara de un problema de voluntad y mutuos buenos deseos. Como dice algún bambuco, “si se siente, no se piensa; si se piensa, no se siente” y, sin duda, las formas de sentir amor suelen ser tantas como los individuos que dicen estar enamorados. Hablemos entonces desde la experiencia de la canción de Joaquín Sabina 19 días y 500 noches de algunas maneras de amar que, a mi juicio, hacen tránsito en ese actuar humano, por lo tanto, no interesa saber a quién amamos o por qué amamos, sino cómo amamos y cuándo amamos.
Para empezar, desconfío de lo perfecto, por lo que ninguna visión platónica puede hacer parte de mi reflexión. El amor verdaderamente humano jamás será metafísico, ni abstracto, ni tampoco sentimiento puro; por el contrario, es pasión, dolor, duelo, afectos, sentimientos, sensualidad y sexualidad, en una palabra: vida. También suele ser estúpido o absurdo, de lo contrario, no sería amor. Más que sensación, es sentimiento por lo que no se siente amor con el corazón ni con los sentidos, aunque los afecte a todos; tampoco con la razón, simplemente se siente y, como cualquier sensación, si como sentimiento no se transforma, va pasando hasta que pierde su razón de ser. Prefiero comprender el amor de la Eva seductora, la que desafió a Yahvhe y supo escuchar a la serpiente, la que aceptó parir con dolor sin encumbrarse a los altares, o a la mítica Baubo que se levantó la falda para mostrar la vulva sin ningún decoro, a la visión mariana con que el cristianismo restituyó a sus feligreses el rostro femenino de la divinidad con misterios y poderes más allá de la naturaleza misma.
Con algunas versiones del amor se han ocultado la geopolítica y los instintos de dominio de los hombres; los hechos se han visto como consecuencia de romances frustrados, buenos para el arte y la literatura, pero pésimos para la Historia. La estupidez humana hace también del amor un hecho estúpido que ha dado origen a los más grandes dramas, si no, pensemos en Helena de Troya y Paris, en Marco Antonio y Cleopatra, en Romeo y Julieta. De manera que, en cuestión de amor, mejor es pensar en la historia con minúscula, porque el amor no puede ser universal ni metafísico.
El amor que podemos llamar “amor común”, nos lleva a arriesgar todo con las intenciones de ganar algo, es como una cadena de fenómenos psicológicos, desarrollada en un medio físico, que une a dos sujetos con las necesidades y las cualidades propias de sus circunstancias y, como el medio y las circunstancias cambian y las necesidades también, el amor se torna en otro tipo de sentimiento que puede establecerse en la costumbre y oscilar entre la aceptación y la aversión. Es, en el fondo, tan trivial que se enraíza en la pasión de los sentidos y termina por sacrificar aquello que alguna vez dijo amar. En esta historia, Cristina puso sus cartas y jugó a ganar, esperando un sacrificio compartido de la libertad que se apostaba en la mesa, pero jugaba con Sabina y, quien es libre, cuando pierde también gana y sabe sacar beneficios de la derrota. Suena cínico, pero no deja de ser interesante.
El amor profano, en cambio, podría ser un amor perfecto por lo imperfecto. Va contra lo sagrado, contra lo establecido, transgrede la norma porque suele ser libertino, simplemente carnal y desenfrenado. Es ese amor que, como ave de paso, llega, pero no anida porque no busca un nido, solamente la pasión y la sangre. Fue, seguramente, el que sentía Sabina y que gustó a Cristina, pero un hombre o una mujer verdaderamente libres lo son por siempre porque la libertad trasciende el cuerpo y, el derecho de propiedad, cuando pretende declarar exclusivo el cuerpo en el tiempo, con el tiempo mata el cuerpo y le suma el alma. Sabina, aunque fuera el abandonado, se posó y partió, dejando un recuerdo que también lio con él los bártulos y le inspiró un poema al amor de aquel momento; un poema tan libertino que, a su pesar, desnudó el amor de su alma canalla. Muchos dirán que fue una aventura, pero qué grandiosa es la aventura que, cuando pasa, deja un recuerdo. ¡Pobres aquellos que en sus recuerdos no figura una aventura!
El amor profano es por esencia una expresión de filantropía, entendiendo que la primera condición humanista es el amor que cada uno siente por sí mismo: no puedo amar a otro si yo no me amo, porque, de lo contrario, el hecho del amor no sería diferente a una entrega sin conocimiento del propio capital humano; un acto egoísta, lejano a la filantropía. Es, en cada caso, una relación mundana que, en todo momento, reposa en el cuerpo, alimentándose espiritualmente de la propia carne y de la del ser que se ama, buscando sintetizar mi yo con el ajeno como un acto de simple y a la vez de compleja humanidad, un ritual afectivo y libérrimo sin misterios, sin recatos, sin ningún otro protagonismo diferente: es una entrega real que se hace coprotagonista en la pasión del sentimiento con los jadeos de los cuerpos y los deleites de las almas; por lo tanto, las ataduras que crea pueden ser tan sublimes como una conjunción de aquellas, una dialéctica de los cuerpos y los mentes que se entregan conscientes que no puede ser un acto para siempre, a pesar de estar colmado por breves espacios de eternidad. El amor profano mitifica a la vez que desmitifica al ser que se está amando, sin caer en ninguna forma de idealización desmedida.
En un acto osado de empatía, con lo poco que conozco de Sabina, podría decir que su forma de amar, cuando menos en esa lejana relación con Cristina, no buscaba nada distinto de una relación de amor profano, que ella finalmente no entendió y tampoco pudo aceptar. Fue inferior a las circunstancias propias del momento que le proponía el trovador y el momento pasó dejándole una frustración que afirmó al canalla y en éste, la nostalgia suficiente para inspirar en su lira una canción. Cristina fue la musa que apuñaló el alma de aquel poeta de cafetines y bohemia, aquel que “quería quererla querer”, inspirando el sentimiento y en esas canteras es donde mejor se construye la sensibilidad de los poetas.
Es necesario reconocer también que el amor profano abstrae otras formas de amar sin perder su esencia y dominancia. De muchas maneras sobrepasa lo netamente instintivo y constituye un escenario cultural de cortejo en el cual la conquista se repliega en la lisonja que, si bien en la baja edad media poseía un sello masculino, hoy como entonces, el conquistador también termina conquistado porque ese fue desde el principio el trasfondo de su rol. Como se sabe, los cortesanos, mancebos adocenados que supieron con la delicadeza y la elegancia endulzar el arte de amar, llenaron en las cortes los vacíos que dejaban los valientes caballeros comprometidos en batallas. De los cantares de gesta y las cantigas de amor, juglares y trovadores escalaron en las cortes y en las camas de las nobles damas ya que, con seguridad, en la Baja Edad Media, muchas de las putas fueron nobles y muchas de las nobles fueron putas, para el beneficio de su libertad.
Sabina no entregó un amor de cirineo, nunca pretendió dar caridad para compartir la cruz de la miseria humana y subir un momento por el mismo calvario; pretendía mejor, aspirar los aromas de mujer desde sus efluvios vaginales y las pasiones terrenas, sentir el placer de llenar los vacíos que quizás otros amores no podían llenar y, sin pretenderlo, casi inconscientemente, terminar sucumbiendo a los pies de esa mujer a los que llegó lisonjeando muchos oídos femeninos, besando muchos labios, acariciando muchos pechos y, seguramente, conquistando muchas vaginas, haciendo de la sublimidad de cada momento un poema.
¿Qué buscaría un juglar moderno como Sabina en ese lugar llamado Amnesia? Tal vez una conquista, o quizás una inspiración, de todas formas, un espacio de batalla. Dejando rodar el imaginario, el poeta no era el caballero que se aprestaba al asalto de una fortaleza, sino de los espacios íntimos de una fémina en un castillo impregnado de bohemia moderna y que aguardaba ansiosamente los versos y canciones del juglar que formaran parte de un cortejo. A finales del siglo XX, los castillos que recluían las damas en el siglo XIV, habían perdido su impronta de nobleza, multiplicándose en pequeños espacios de molicie donde la despreocupación de la mujer como dominio patriarcal, había dejado de existir, es decir, era tan libre como el tipo de relación consentida que fuera capaz de establecer con el rapsoda de turno, mejor aún si se trataba de alguien como Sabina cuya espada fungía en los versos de un poema y los acordes de una guitarra. Tenía que ser un amor voluptuoso, transgresivo, libertino, libre.
Sabina estaba casado, pero eso no importó; el tufillo de lo prohibido, de lo clandestino y secreto, creó para dos un ambiente diferente y atractivo, que no podía ser tan secreto en un hombre tan público como el cantante español. Fue bueno mientras duró, hasta que Cristina se enfrentó a los excesos de una libertad que dejó de entender y compartir. Si bien ganó en la conquista, el bohemio terminó siendo conquistado y, al final, perdió la batalla, pero ganó la inspiración y con ella su fama, es decir, el español ganó la guerra. La dama que, antes quería ser cualquier cosa en brazos de Sabina, menos una dama, finalmente ganó en la medida que supo sobreponerse a otras cadenas y ser libre a su manera, que no era la de Sabina; o tal vez creyó ganar, pero, en palabras del canalla español a varios años de aquel affaire: “Ahora, la hija de puta anda diciendo por ahí que le hice una canción muy bonita. ¿No te jode?” ¡Cómo suele transformarse lo que alguna vez fuera sublime!
Como buen amante cortesano, a pesar de ese dolor de ausencia que seguramente le causó mayor dolor en el ego que en el alma, Sabina no pidió clemencia y se limitó a decir que “No pido perdón, para qué, si me va a perdonar porque ya no le importa”, y de fe que es cierto, porque a Cristina le importa la canción que siente como un póstumo regalo de aquel momento en que pudo ser una vulva soberana, mas no el juglar, pero éste bien sabe que no compuso ni canta para ella, sino para él, para reconciliarse con su ego y mostrar a su público su humanidad canalla en unos versos y, en esos casos, es inadmisible implorar perdón.