Buenos días, el protagonista de esta historia la quiso donar como una manera de hacer catarsis a todo lo que vivió y como parte de un homenaje, de ante mano pido disculpas si lloran con esta historia.
Mi alma se la dejo al diablo —así se llamaba el libro que encontré en su mesa de noche aquella madrugada lluviosa. Ella estaba inerte en la cama, y a su lado había una copa de vino junto con el puñado de pastillas que debía tomar a diario para ser capaz de vivir con sus demonios. Al principio no pude saber qué pasaba, porque varias veces la había encontrado en circunstancias parecidas, en una mezcla entre borrachera y sedación. Eso ya era parte de su rutina, mientras yo llegaba de madrugada después de trabajar.
Aunque esta vez sería diferente. Al acercarme a la cama pude notar algo: no había respiración. Corrí a tratar de auxiliarla, pero simplemente ya era demasiado tarde. Ella hacía mucho tiempo se había ido; solo quedaba su cascarón en forma de cuerpo, con una expresión de tranquilidad. Yo no pude hacer nada más, solo llamar para reportar la muerte, algo que hacía todos los días en mi trabajo, solo que esta vez era yo el acompañante al que se le derrumba la vida con una frase: “Lo siento, su familiar no sobrevivió”. Ahora era a mí a quien la vida se le derrumbaba, y con el poco raciocinio que me quedaba, cerré la habitación para después sentarme en la sala a esperar que llegaran las autoridades.

Esas horas con el cuerpo en la habitación de al lado fueron eternas, pero me dieron tiempo para recordar nuestra historia. Nosotros nos conocimos a los 17 años. Ella venía de un pueblo; yo era de acá. Ella, de familia campesina, y yo había crecido con todos los privilegios que podía dar una familia de clase media alta en una ciudad intermedia de nuestra amada Colombia. Desde que nos conocimos, la relación fue especial: era mi compañera de estudios, de trasnochadas, de crisis de parciales. Medicina es una carrera en la que uno deja parte de su alma para obtener un título. Los primeros semestres de universidad yo tenía novia, la misma con la que había terminado el colegio, pero justo en sexto semestre rompimos.
En ese semestre nos tocó rotar juntos, una coincidencia de esas alegres de la vida, y entre los pasillos de los hospitales, esa amistad se fue transformando hasta volverse algo más. Con el pasar de los meses nos volvimos novios. Se convirtió en mi compañera de vida, de los días malos y de los buenos.
Ella estuvo cuando a mi mamá se la llevó un cáncer en cuestión de meses, y cuando mi papá se fue poco tiempo después por un corazón roto que se manifestó en un infarto. Creo que fueron más los momentos duros en los que ella estuvo en mi vida que los que yo estuve en la suya. Pero también tuvimos logros luchados por ambos, momentos felices: graduarnos de la universidad, comprar el apartamento, el primer viaje internacional, pasar a la especialización. Yo, para ser internista; ella, para pediatría, ya que amaba profundamente a los niños, los que siempre quisimos tener pero fuimos posponiendo: primero ser profesionales, luego especialistas, después comprar el apartamento y cambiar de carros… hasta que por fin lo decidimos.
Lo intentamos mucho, muchísimo, pero no se nos daba. Por eso terminamos pagando un tratamiento de fertilidad. La prueba de embarazo positiva fue lo más bonito que nos pasó, pero, analizándolo, todo esto es una historia que era imposible que tuviera un final feliz.
El embarazo fue el año pasado. Fuimos los más felices planeando cada aspecto, tuvimos todos los cuidados posibles, compramos lo que necesitábamos y más para nuestra princesa. Esa noticia fue la felicidad que mi familia requería después de una época tan sombría. Se iba a llamar Thea, que en griego significa «milagro de Dios». Pero una tarde se nos caería el mundo, porque con seis meses se daría un aborto espontáneo, y por más que trataron de salvarla, Thea no sobrevivió. Desde eso, ella entraría en un agujero negro que se robaba su vida y del cual no sería capaz de salir.
Los primeros meses trató de trabajar, pero no fue capaz de seguir. Buscamos ayuda con los mejores profesionales: psicología, psiquiatría, incluso conocimientos poco científicos como constelaciones familiares y regresiones a vidas pasadas. Ella quería saber por qué Dios parecía estar jugando con nosotros. Mientras tanto, yo aumenté los turnos de trabajo para cargar con los gastos del hogar. Nos habíamos metido en una deuda para una casa grande con la idea de que Thea creciera en un lindo lugar. Lo único que le ayudó a llevar su cotidianidad fueron los medicamentos y una copa de vino de vez en cuando. Ella, más que nadie, sabía lo peligroso de esa combinación y, en varias ocasiones, llegamos a discutir por eso mismo. Pero su alma nunca se pudo recuperar. Se rompió en miles de fragmentos imposibles de reparar.
La autopsia arrojó como causa de la muerte una broncoaspiración, producto del bloqueo del reflejo que todos tenemos de querer voltearnos al vomitar, causado por la combinación entre alcohol y calmantes. Con ella se fueron las ganas que me quedaban de luchar. Pero acá sigo: voy a terapia, hago deporte, escribo, doy clases… de todo un poco para distraerme y no pensar en aquella noche.
La perdida de un hijo tan deseado te rompe la vida.
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