Una mirada incomoda.

El día de hoy no les voy a contar una historia, pero el artículo sí proviene de una de esas historias del barrio, de la calle, de esas problemáticas que silenciamos como país y que se nos vuelven el elefante rosa en la habitación, del cual solo hablamos cuando ocurre un evento que nos incomoda o duele como sociedad.

Creo que no debo contarle a nadie lo que pasó con el senador y precandidato presidencial Miguel Uribe, un evento que, como colombianos, nos duele porque nos recuerda épocas muy oscuras de la Colombia que creíamos “superadas” por medio de la “seguridad democrática”. Pero, en realidad, Colombia no ha cambiado mucho en su vida como nación. Somos un país en donde la violencia caló tan hondo en nuestro sistema social que simplemente normalizamos los hechos violentos. En nuestra memoria colectiva, la indignación de la noticia de hoy es superada por la de mañana: el fin de semana fue el atentado sicarial, hoy es una moto bomba en Cali, mañana pasará algo nuevo que nos hará olvidar el hecho anterior.

La violencia simplemente se volvió parte del paisaje, algo que nos debería preocupar, que debería hacernos reflexionar sobre cuáles son los motivos que nos llevaron a esto. Aunque gran parte de la culpa se encuentra en la clase política colombiana, aferrada al poder y justificando la violencia de bando y bando —en los 50/60, conservadores vs. liberales; en los años 80 y 90 los muertos fueron de “izquierda”: Galán, Bernardo Jaramillo Ossa, Jaime Pardo Leal, Carlos Pizarro, los cientos de militantes de la UP— aunque también tuvimos el asesinato de un político tradicional como Álvaro Gómez Hurtado.

Incluso la vida de mis padres estuvo en peligro en varias ocasiones por pensar diferente, y creo que de esa vivencia fue que me enseñaron como principio primordial a ser un libre pensador, a no encajarme en ninguna ideología o dogma; sobre todo, a respetar el pensamiento ajeno viéndolo tan válido como el mío, porque todo es cierto dependiendo de quién cuente la historia.

Por eso también tenemos que mirar el otro lado de la historia. En este caso, ¿quién fue el gatillero del atentado contra el senador Miguel Uribe? Un adolescente de 15 años que los mismos programas de la Alcaldía de Bogotá ya habían catalogado como menor en condición de riesgo por calle. Y realmente es aquí donde los colombianos de “bien” comienzan a mirar desde el privilegio, pensando en que solo “ocho años” de posible pena para este menor son pocos, que se debería pudrir en la cárcel. Pero ¿cuántas cosas tuvo que pasar ese menor para llegar al punto de hacer un atentado casi suicida? Porque, realmente, las personas que lo contrataron nunca tuvieron intención de rescatarlo “en esa vuelta”, como dirían en la calle. Él ya nació pagando una pena en este mundo.

Como sociedad, estamos fallando en muchos aspectos, sobre todo en proteger el futuro de una nación. ¿Cuántos jóvenes se ha devorado la guerra en Colombia? Y no solo hablo del conflicto armado, sino de la guerra cotidiana en nuestras ciudades.

Muchas veces creemos que la guerra por el narcotráfico solo se vive en la Colombia olvidada: Cauca, Nariño, Norte de Santander… Pero en Pereira, Medellín, Bogotá, Cali también hay hambre. También existe el reclutamiento forzado de menores para vender vicio en las ollas o volverse sicarios. En mi adolescencia, gracias a haber estudiado en un colegio público con todas las problemáticas del mundo, pude conocer desde campaneros hasta sicarios. Gran parte de las historias que escribo es por eso. Y a ellos también les falló el Estado.

Es muy fácil decir desde el privilegio “el pobre es pobre porque quiere” cuando nunca se ha tenido que caminar cinco kilómetros para ir a estudiar, y tener que ver las clases con el estómago vacío porque en la casa no había para un desayuno. Por eso, para muchos de ellos fue más fácil irse a trabajar con los de la olla, porque allá no iban a pasar hambre.

Entonces, en realidad, no tenemos que irnos muy lejos para encontrar situaciones que nos hagan reflexionar sobre qué tan mal está la realidad colombiana. Y vuelvo a repetir: gran parte de esto también es culpa de la clase política, que históricamente se ha aliado con el narcotráfico para mantenerse en el poder. La guerra va desde el discurso del odio, con el hecho de que palabras como “petrista” o “uribista” ya sean insultos. Solo vean qué han hecho los principales candidatos de ambos bandos desde el atentado: aprovechar el auge mediático para atacar al otro bando y buscar popularidad.

En este texto solo les quiero hacer una invitación muy simple: analizar si usted también ha sido parte del odio que se esparce por redes, si usted también llegó a juzgar desde el privilegio. Y, sobre todo: ¿usted qué está haciendo para que este país sea diferente? Hay muchas fundaciones y ONG que trabajan de verdad por esta sociedad, haciendo mucho más que cientos de políticos: trabajando con las uñas, sin recursos, a punta de voluntarios. Soy fiel creyente de que entre todos podemos hacer mucho. Solo es pasar de la crítica a la acción, hay que dejar de ignorar al elefante rosa en la habitación.

Como último, les quiero contar que al compañero sicario que tuve en el colegio lo mataron con apenas 19 años, pero muchos muertos atrás. Pero esa será historia para otro día.

Considero que el rap cuenta mucho de nuestra realidad, por eso el soundtrack.

2 comentarios sobre “Una mirada incomoda.

  1. Es un anális pertinente y objetivo sobre la triste realidad que parece no poder superarse. Las rivalidades, los odios, la eliminación del otro para acallar sus ideas, no pareciera acabar. Desde las más de diez guerras civiles posteriores a la independencia, hasta los conflictos por la tierra concentrada, y hoy, terrenos abonados para la empresa más sangrienta, la del narcotráfico, el camino sangriento que se abona en la miseria, da vida a niños sicarios sin prejuicios morales, sin ley que los limite; simples objetos del azar circunstancial de quienes, desde los clubes sociales hasta los callejones más oscuros, deciden quiénes mueren para satisfacer el afán político y conservar la riqueza de sus arcas. En las cadenas de oración y los golpes de pecho quedan para la historia y el cálculo personal los importantes; entre los basurales y las fosas comunes, estaran los desechables, como escarmiento y ejemplo de justicia.

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