Buenos días, la historia de hoy es ficticia pero basada en un personaje de la vida real, un relato que sacó desde el corazón como homenaje y despedida, porque como dice una canción de rap “escribiendo lo que no lloraba” además refleja una triste realidad de nuestro país.
Ricardo tiene 76 años, sus manos están marcadas por años de trabajo en el campo, pero en ellas no puede faltar un reloj heredado de su padre. Su piel ya es una coraza curtida por el sol de cada jornada. Se casó, tuvo dos hijas, una nieta, pero su primer amor siempre ha sido su tierra: su finca, ubicada en medio de la montaña y perdida en esa parte de Colombia donde han llegado todos los grupos armados, menos el Estado.
Su familia es de ascendencia campesina, trabajadora. Hasta sus ocho años creía que el mundo estaba compuesto solo por la finca y el pueblo. Pero la violencia, que ha tenido amarrada a Colombia por 200 años, los hizo huir y conocer el mundo. Aunque él siempre pensó en su finca, como si parte de su alma estuviera atada a la montaña. Vivió en el Valle, buscó fortuna en los Llanos, cogió café, cuidó vacas, administró cultivos… todo lo que aprendió en sus primeros años.
Trabajó toda su vida sin saber qué era una cotización a pensión o una afiliación a salud. Ahorró cualquier peso que le quedaba de más debajo del colchón, porque no confiaba en los bancos. Y cuando tuvo lo suficiente, partió de nuevo a su montaña. Buscó su tierra abandonada y comida por los años, limpió monte, construyó una casita donde se pudo volver a acomodar con los suyos, donde su alma era feliz. En ese campo levantó a su familia, esa tierrita que siempre fue muy agradecida porque la comida nunca les faltó. Pero ahora, con el pasar de los años, Ricardo se ha ido quedando solo.
Sus hijas se fueron para la ciudad. Su nieta fue profesional, su profesora, como él le dice. Sus hermanas se adaptaron a la vida citadina; solo les gustaba el campo de vez en cuando. Pero por nada del mundo Ricardo va a dejar su montaña. Ahora, con 76 años, no tuvo pensión, como la gran mayoría de trabajadores del campo en nuestra linda Colombia, donde muchas veces nos olvidamos de quienes son los que trabajan para que nuestras mesas estén llenas. Su familia vive preocupada por él, pero a él poco le importa. Solo quiere seguir madrugando a trabajar la tierra y poder bajar al pueblo los días de mercado a motilarse. Él quiere volver al campo incluso cuando fallezca, porque su alma siempre ha pertenecido a esa montaña que lo vio nacer.

Como dice la Biblia: “Polvo somos y en polvo nos convertiremos”, y él quiere convertirse en parte de esa montaña. Que cuando falte, lo despidan con tangos, aguardiente, en su pueblo, con su gente feliz, unida, porque eso es lo que él les ha enseñado: a reírse de la vida.
Mientras tanto, Ricardo seguirá subiendo la montaña, saludando a sus pocos vecinos que ya se han envejecido como él, viendo cómo el campo se va quedando solo…
Está pequeña historia es un homenaje a mi tío Aicardo que en realidad se llamaba Ricardo pero nadie le decía así, se nos fue hace unas pocas semanas sin contarnos la historia de su nombre y el último fin de semana recorrí las calles de su pueblo, su montaña, gracias por tanto tío.

Excelente panegírico a un hombre que en su sencillez y humildad, fue tan sutil como la brisa de los amaneceres de su tierra y tan complejo como la rapidez del tres por cuatro de un tango nostálgico en la pista imaginaria de quienes sintetizan la vida en las tramas diarias de sus circunstancias.
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