Buenos días, la historia de hoy es la segunda de tres sobre relatos de aquel 10 de agosto que paralizo Pereira, es un homenaje a quienes no están y una manera de evitar el olvido.
33 Segundos.
Solo alcancé a sentir algunas piedras cayendo en mi espalda mientras daba unos pasos que eran casi saltos, porque escuchaba cómo el edificio se caía detrás de mí; pero incluso en ese momento de tanto caos, todavía veía esos dos rostros que voy a recordar el resto de mi vida. Mi día comenzó como todos los demás, con una rutina ya bastante establecida, levantarme a las 7:00 a. m. para revisar los mensajes del día anterior mientras hacía el café y unos huevos para el desayuno. Nada me decía que algo extraordinario iba a pasar; después de la edad de Cristo uno no espera que lo sorprendan muchas cosas, busca paz entre la tormenta que es la sociedad moderna, donde se vive rápido y se respira poco. Por eso esos minutos antes de comenzar a trabajar para mí eran tan valiosos: era un pequeño ritual que tenía conmigo, una hora donde estaba solo para mí, y aquel 10 iba como todos los demás.
Apenas estaba preparando el café cuando pasó algo fuera de lo cotidiano: una llamada de mi mamá. Lo raro no era que llamara, porque nosotros hablamos a diario; lo raro era la hora. Mi mamá respeta mi rutina, por eso prefiere llamarme por la noche. Fue una llamada que me alarmó, por lo que contesté rápido. Era ella, solo pidiéndome que me cuidara porque había soñado que me pasaba algo, pero no se acordaba exactamente de su sueño, por lo que estaba muy preocupada. Para calmarla le contesté: «¿Ma, a mí qué me puede pasar?», y solo me contestó: «Mijo, cuídese», y me dio la bendición. La llamada me alertó y para tranquilizarme decidí salir a comprar algo en la panadería que me quedaba en la esquina. Justo cuando me colocaba los tenis comenzó: un temblor. Yo ya estaba en la puerta del apartamento con los tenis puestos, celular en el bolsillo y billetera en la mano gracias a la llamada de mi mamá. Esperé diez segundos pensando «es otro temblor más»; llevaba diez años viviendo en ese mismo apartamento en un quinto piso, por lo que me había acostumbrado. En esos diez años no había evacuado la primera vez.
Esperé a que se calmara. Cuando habían pasado diez segundos del temblor sentí el primer golpe, como si le hubieran pegado con una bola de demolición al edificio. En ese momento decidí correr. Bajé los cinco pisos como si la muerte fuera detrás de mí, en una carrera que estaba a punto de perder. Entre más segundos pasaban, más sentía que el edificio se iba a caer. Cuando estaba pasando por las escaleras vi a la pareja de viejitos que vivía en el 303. Pensé en cargarlos, pero sabía que no iba a ser capaz con los dos. Les grité que corrieran y ellos solo me respondieron: «¡Corra por nosotros y no mire para atrás!», casi como sabiendo cuál iba a ser su destino. Entonces solo seguí. Corrí pensando en las palabras de mi mamá, corrí pensando en mi sobrino y en que no lo iba a ver crecer, corrí pensando en los dos viejitos del 303. Solo pasaron diez segundos más que se sintieron como una vida entera. Alcancé a recibir algunos golpes de escombros al salir, pero eso no me impidió seguir corriendo. Cuando pude tocar el cemento de la calle escuché el último ruido: el edificio colapsar. Miré hacia mi alrededor buscando a los viejitos del 303, pero no estaban por ninguna parte.
Los primeros días después de la tragedia me recriminé no haber tratado de sacarlos; luego entendí la frase «corra por nosotros». Ellos sabían que si yo trataba de sacarlos íbamos a ser tres los muertos, o que si sacaba cargado a solo uno, el otro iba a tener que continuar su vida sin su compañía, por lo que decidieron esperar la muerte juntos, de la mano, como todos los días los veía caminar rumbo al estadio para dar vueltas por salud, al paso que solo conocen las almas que ya entendieron lo simple de la vida. Por eso me prometo vivir la vida con el mismo ritmo con que los veía caminar.
Antes me fijaba mucho en la hora y en los tiempos, por eso me di cuenta de que desde el inicio del temblor hasta que pude salir pasaron treinta y tres segundos. Solo treinta y tres segundos se demoró el mundo en cambiar la vida de las personas que vieron cómo su vida se desmoronaba detrás de ellos.ç
