Historias del cotidiano: Full house.

Buenos días, hoy les comparto una historia sobre cómo una adicción nos puede llevar a  esos lugares oscuros en donde la única salida posible que se ve es saltar al precipicio y de una adicción silenciosa en nuestra sociedad, el acompañamiento musical de hoy va por parte de alcolirikoz:

Quiero tropezarme con la suerte ¿Pa’ presentarme?
¡No! Para escupirla por no haber venido antes a verme.

Ahí estaba yo, con mis últimos 20 mil pesos puestos en un solo número que había jugado toda la noche. Cada giro de la ruleta era una historia nueva; en cada uno de ellos, yo tenía la perfecta convicción de que mi suerte iba a cambiar. Aquella noche se me fueron 30 millones que había ganado en un negocio, el dinero justo para pagar una deuda del banco y evitar perder la casa donde vivía.

Aunque esta historia comienza años atrás —para ser precisos, en mi adolescencia—, yo nunca fui de vicios o, al menos, eso creí toda la vida. No tomaba, no fumaba ni tinto recibía; mi único plan era salir de clases a jugar en una maquinita de bolas, de esas en las que se metía una moneda de 500 y el objetivo era poder colocar todas las bolas en una misma hilera. En eso sí que era bueno, por eso ahorraba lo que me daban para el descanso y me lo jugaba. Había días buenos, otros no tanto, pero casi nunca me fui pelado.

Creo que en esas máquinas fue donde nació el sentimiento de que siempre podía ganar, como si llevara la suerte en la espalda, un sentido único de ser el elegido. Cuando entré a la universidad, el plan dejó de ser las máquinas de pinball y pasó a ser el casino. Todos los días iba con 10 mil pesos y con eso jugaba toda la tarde, de a poquitos para alcanzar a recibir gaseosa, sándwich y, el día que estaba de suerte —porque de pronto estaba en una mesa donde estaban apostando duro—, me tocaba hasta whisky “gratis”. Para mí era un negocio redondo, porque por 10 mil almorzaba y “salía con plata”. Por esas épocas tuve varias rachas donde esos 10 mil los llegué a transformar en hasta dos millones. Llegó un momento en que lo sentí como un trabajo: cuando quería invitar a salir a una de las chicas de la universidad, antes me iba para el casino; era mi forma de ir al cajero. En gran parte de las ocasiones lo logré; jugando me cuadraba el fin de semana.

A medida que fui creciendo, la cantidad de dinero que jugaba fue aumentando, sobre todo cuando por fin dejé mi sueldo de estudiante al graduarme de la universidad. Pero ya el juego no era a diario por motivos de tiempo; se volvió algo quincenal. Cada que llegaba el sueldo me internaba en el casino, como queriendo compensar ese tiempo que ya no pasaba a diario. No sentía el tiempo: podía entrar el viernes a las 6 p. m. y salir el sábado a las 10 a. m., ir a bañarme a mi casa y volver a internarme hasta el domingo en la noche. Sentía que mi relación con el juego era como la de dos amantes que solo se pueden encontrar en el anonimato, que no se pueden ver a diario pero todos los días se piensan y, por eso, cuando se ven es tan intenso todo que no hay manera de explicarlo. Era como una combinación entre susto y adrenalina por hacer lo que estaba prohibido.

En esa época yo era joven y sin responsabilidades. Mis papás me daban todo en la casa, por lo que si perdía el sueldo jugando solo iba a tener que conseguir lo de la gasolina para ir a trabajar, entonces no me importaba tanto. Aunque la suerte seguía conmigo: llegué a multiplicar hasta por diez mi sueldo en un solo fin de semana. Fue tanto así que con eso pude pagar la cuota inicial de mi primer apartamento. En mi familia nadie sabía que yo jugaba; los únicos que sabían algo eran mis “amigos”, los mismos con los que iba a jugar. La explicación que daba en mi casa del dinero que aparecía de manera mágica era que me había ganado un bono en el trabajo por mi excelente rendimiento.

Pero esas rachas desaparecen. Es imposible ganarle a un sistema que está diseñado para que tú pierdas y le eches la culpa a la suerte. Es una droga que está legalizada y normalizada, aunque es mucho más adictiva que cualquier otra. Por lo menos al vicioso se le ve el deterioro físico; al ludópata se le ve siempre igual, así haya acabado de perder su vida en una mano de bacará, póker o blackjack. Porque el ludópata siempre piensa que va a conseguir más dinero para jugar e ir a recuperar eso que es suyo, eso que la suerte le quitó; porque la culpa siempre es de la suerte, nunca del casino, nunca del crupier, nunca del sistema diseñado para que no sienta el tiempo que pasa en el infierno, para que no sienta las llamas que con cada giro de la ruleta lo están consumiendo.

Cuando la suerte se fue, comencé a perder los ahorros, el sueldo y, lo que es peor, encontré al diablo vestido de amigo dentro de la cueva donde iba a jugar. Esos amigos del juego que me encontraba en mi ritual de adicción, esos que son habitantes cotidianos del casino pero que no van a jugar, que se gastan 50 mil pesos en todo un día porque buscan víctimas para decirles: “Juegue otra, yo le presto”, pero no te dicen a qué interés, no te cuentan cómo te van a cobrar.

El día que toqué fondo fue aquella vez frente a la ruleta. Había pedido un millón prestado porque ya no me quedaba más y debía ya 30 millones en cuotas retrasadas al banco. Comencé a jugar con la convicción de que lo iba a lograr; fueron 18 horas donde transformé ese millón en 30. Jugaba cauteloso y, justo cuando lo había logrado, decidí apostar todo a un color. La suerte estaba conmigo y con esos 60 millones pensaba salir de todos mis problemas. Pero el juego siempre está en contra de ti y, cuando lo había perdido todo, encontré mis últimos 20 mil ocultos en mi billetera. Estaban ahí para una emergencia y, para mí, la emergencia era volver a recuperarlo. Los puse al 28 negro pensando que esa era la manera de recuperar mi vida.

Ese día, después de haber perdido todo, quise tirarme de la terraza que tenía el casino, pero justo en el momento en que estaba por hacerlo, entró un mensaje de mi mamá. Por eso decidí buscar ayuda.

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