HISTORIAS DEL COTIDIANO: UNA VISION DEL PASADO.

Buenos días, la historia de hoy es una vivencia de una Colombia que deseamos firmemente que nunca mas se vuelva a repetir:

Los últimos rayos de sol

Cada noche era una zozobra; cada amanecer, un nuevo lugar. El «delito» era ser parte del llamado «enemigo interno» que anhelaba una Colombia diferente. Pero esta historia inicia unos años antes, en 1977, con un país descontento por la crisis económica y una clase política desconectada que usaba como excusa el discurso de la «infiltración guerrillera». Esa era la razón por la que cualquiera que pensara distinto a los partidos tradicionales fuera etiquetado como enemigo del sistema: líderes sociales, sindicales, estudiantes; todo aquel que se atreviera a cuestionar el país donde vivíamos era señalado como parte de esa Colombia que «no quería el progreso». Sin embargo, era imposible contener la olla a presión en la que se había convertido nuestra sociedad. Por eso, un 14 de septiembre de 1977, nuestra nación se paralizó: las centrales obreras salieron a las calles y el pueblo se les unió.

La respuesta del gobierno fue: «quieren derrocar al presidente». Por ello, en vez de escuchar, decidieron sacar al Ejército. El resultado: más de 1.500 muertos, miles de detenidos y torturados. Además, tras estos eventos aparecería el «mesías». Resulta que el Paro Cívico ocurrió en año electoral, lo que le dio pie a un candidato para basar su campaña en una única premisa: «recuperar el orden y la seguridad nacional». Esto derivaría en la elección de Julio César Turbay Ayala.

Inició la horrible noche.

Turbay es, probablemente, uno de los mayores villanos en la historia olvidada de nuestro país: un dictador que no necesitó dar un golpe de Estado. Con él se establecería la penumbra total en la que tuve que vivir por cuatro años. Uno de sus primeros actos como presidente fue expedir el Decreto 1923 de 1978, mejor conocido como el Estatuto de Seguridad. Para no extenderme: en palabras simples, el Estatuto le otorgaba facultades al Ejército para hacer lo que quisieran cuando consideraban que alguien era «guerrillero». Podían detenerte sin orden judicial y juzgarte sumariamente ante la misma persona que te capturó. Con ese modus operandi nos comenzaron a desaparecer. Primero fueron por los líderes visibles de los sindicatos; luego, por nosotros, los estudiantes. Éramos detenidos y llevados a cuarteles donde nos torturaban por días antes de un juicio viciado. La única salida fue pasar a la clandestinidad; por eso comencé a dormir todas las noches en casas diferentes, en casas seguras. Abandoné la universidad y cambié mi rutina a diario: nunca pasaba dos veces por el mismo lugar, nunca tomaba la misma ruta.

Los sindicatos salieron nuevamente a las calles exigiendo la libertad de sus líderes, y los estudiantes, la aparición de sus compañeros. La respuesta del gobierno fue más represión. Fuimos muchos los perseguidos y muchos también los que alzaron la voz; pero la respuesta era la misma para todos: periodistas, defensores de derechos humanos e incluso escritores. Criticar al gobierno era estar en su contra, era ser guerrillero. Por eso, el exilio se convirtió en la respuesta; México o Francia eran el destino. Este es, precisamente, el motivo por el cual Gabriel García Márquez escribió su obra desde México: salió buscando refugio de un régimen opresor.

Yo tuve que pausar mi carrera durante cuatro años, llorando a mis amigos desaparecidos desde la clandestinidad. Mi mayor miedo era que me llevaran al Cantón Norte y que mi mamá nunca pudiera saber qué me pasó: si seguía vivo, oculto en la noche, o si terminaba en una fosa común como un N.N., reportado falsamente como una «baja en combate».

Yo logré sobrevivir, pero muchos otros no. Por eso me aterra ver hoy a mi país con un discurso que clama por «destripar al de izquierda y recuperar el orden».

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